Sunday April 23,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO


San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

«PARTE 3 de 3

Partes: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ]


102.- La Filoxera

103.- Aparición de Santo Domingo Savio, parte I

103.- Aparición de Santo Domingo Savio, parte II

103.- Aparición de Santo Domingo Savio, parte III

104.- La muerte del Papa Beato Pío IX

105.- La señora y los confites

106.- Una Escuela Agrícola, Parte I

106.- Una Escuela Agrícola, Parte II

107.- Los perros y el gato

108.- Las vacaciones

109.- Las tres palomas

110.- Una receta contra el
mal de ojos

111.- La gran batalla

112.- Una lluvia misteriosa

113.- Un banquete misterioso

114.- Las casas Salesianas de Francia

115.- Una casa de Marsella

116.- Luis Colle, Parte I

116.- Luis Colle, Parte II

116.- Luis Colle, Parte III

116.- Luis Colle, Parte IV

117.- La Sociedad Salesiana, Parte I

117.- La Sociedad Salesiana, Parte II

118.- Las castañas

119.- El mensaje de don Provera

120.- A través de la América
del Sur, Parte I

120.- A través de la América
del Sur, Parte II

120.- A través de la América
del Sur, Parte III

121.- El nicho de san Pedro

122.- San Pedro y San Pablo

123.- Una plática y una misa

124.- Desde Roma, Parte I

124.- Desde Roma, Parte II

125.- La inocencia, parte I

125.- La inocencia, parte II

126.- Los jóvenes y la niebla

127.- Una visita a Léon XIII

128.- Las misiones Salesianas en America meridional
parte I

128.- Las misiones Salesianas en America meridional
parte II

129.- Trabajo, trabajo, trabajo

130.- El porvenir de la congregación

131.- El congreso de los diablos

132.- Las fieras con piel
de cordero

133.- La doncella vestida de blanco

134.- El demonio en Marsella

135.- Un Oratorio para jovencitas

136.- Muerte de un Clérigo y de un alumno del Oratorio

137.- Las misiones salesianas
de Asia, Africa y oceania

138.- El ramillete de flores

139.- Un jóven extraño

140.- El respeto al templo

141.- El Via Crucis

142.- Con Margarita en Becchi

143.- De Valparaíso a Pekín

144.- Soñando con el Oratorio

145.- En una sangrienta batalla

146.- Ricos y pobres

147.- Ludovico Olive

148.- Las cerezas

149.- La vendimia

150.- Las penas del infierno

151.- Sobre la obligación
de la limosna

152.- En compañía de San
José Don Cafasso

153.- La modestia Cristiana

 

LA FILOXERA

SUEÑO 102.—AÑO DE 1876.

La tercera tanda de Ejercicios Espirituales se celebró aquel año del uno al siete de octubre, siendo predicada por el Padre Bruno, Filipense del Oratorio turinés y gran director de almas.

Tomaron parte en ella solamente sacerdotes y algunos cléri­gos más antiguos. [San] Juan Don Bosco no se movió de Lanzo ni durante los breves intervalos de tiempo existentes entre una y otra tan­da. Las noticias sobre esta última son más escasas que las de las tandas anteriores; lo único que perdura es un sueño que el [Santo] contó al final de la misma. En las memorias de aquel tiempo aparece bajo el título de:La filoxera. Helo aquí:

Le pareció a [San] Juan Don Bosco encontrarse en una amplísima sala en el Barrio San Salvario, de Turín. Religiosos y religiosas en gran nú­mero pertenecientes a diversas Ordenes y Congregaciones, estaban en ella reunidos; al entrar [San] Juan Don Bosco, todas las miradas se dirigieron a él, como si todos lo aguardasen.

En medio de los allí congregados vio el [Santo] a un hombre de aspecto extraño, con la cabeza cu­bierta con una venda blanca y el cuerpo envuelto en una especie de sá­bana, a guisa de manteo o capa. [San] Juan Don Bosco quiso saber quién fuese aquel individuo y le fue respondido que era él, el mismo [San] Juan Don Bosco... Tal vez era una representación de [San] Juan Don Bosco soñador.

Se adelantó, pues, entre aquella muchedumbre de personas religiosas que le hacían corona alrededor, sonriéndole; pero nadie hablaba. El [Santo] observaba aquella reunión sorprendido, pero todos continuaban mirándole y sonriendo sin decir palabra. Fi­nalmente, [San] Juan Don Bosco rompió el silencio y dijo:

—¿Por qué se ríen de esa manera? Parece que se quieren burlar de mí.

—¿Burlarnos de ti? Te engañas; nos reímos porque hemos adivinado el motivo que te ha traído aquí.

—¿Cómo lo pueden adivinar si yo mismo no lo sé? Les aseguro que sus risas me sorprenden.

—La causa que te ha traído aquí —dijeron los religiosos— es esta. Tú has predicado los ejercicios a tus clérigos en Lanzo.

---¿Y qué?

—Ahora vienes a indagar qué es lo que les tienes qué decir en la plática de los recuerdos.

—Será como dices. Sugiéreme, pues, qué es lo que les debo de­cir; algún aviso que haga florecer cada vez más la Congregación de San Francisco de Sales. Se lo agradecería mucho.

—Solamente una cosa te aconsejamos: di a tus hijos que se guarden de la filoxera.

—¿De la filoxera? Pero ¿qué tiene que ver la filoxera?

—Si tienes alejada de tu Congregación la filoxera, conservará una vida larga y florecerá y hará un grandísimo bien a las almas.

—Yo no entiendo lo que quieres decir.   

—¡Cómo! ¿Qué no entiendes? La filoxera es el flagelo que ha llevado a la ruina a tantas órdenes religiosas y fue la causa por la que aún hoy muchos no consiguen su fin altísimo.

—Sería un aviso inútil, si no nos explicas mejor. Yo no com­prendo nada.

—Entonces no vale la pena haber estudiado tanta teología.

—Sobre este punto me parece haber cumplido con mi deber; pero, en los tratados de teología no he visto que se hable de la filo­xera.

—Pues a pesar de ello, se habla. Busca el sentido moral y espiri­tual de esta palabra.

—En la etimología de la palabra filoxera no veo ni el más remo­to significado que pueda tomarse en sentido espiritual.

—Ya que no eres capaz de explicarte este misterio, ahí viene uno que te puede sacar de tu ignorancia.

Entonces [San] Juan Don Bosco notó cierto movimiento entre la turba como para dejar paso libre a alguien que vio avanzar hacia él; era un nuevo personaje. Se fijó bien en él, pero le pareció no haberlo visto nunca, aunque con sus maneras afables daba a entender que era un antiguo conocido suyo. Apenas lo tuvo cerca, [San] JuanDon Bosco le dijo:

—Llegas muy a tiempo para sacarme del embrollo en que me encuentro gracias a estos señores. Pretenden hacerme creer que la filoxera amenaza con destruir las casas religiosas y quieren que tome a este animal como tema de los recuerdos de nuestros ejerci­cios espirituales.

—¿[San] Juan Don Bosco que se cree tan sabio, desconoce estas cosas? Es cierto que si combates con todas tus fuerzas la filoxera y enseñas a tus hijos la manera de combatirla a conciencia, tu Sociedad no deja­rá de florecer. ¿Sabes qué es la filoxera?

—Sé que es una enfermedad que ataca a las plantas causando grandes estragos, hasta destruirlas.

—¿Y esta enfermedad de qué proviene?

—Es originada por una multitud infinita de animaluchos que se adueñan de ella.

—¿Qué hay que hacer para salvar a las plantas próximas de la destrucción?

—De esto no te sé decir nada.
—Escucha, pues, lo que te voy a decir. La filoxera comienza a aparecer sobre una sola planta y no pasa mucho tiempo cuando to­das las plantas próximas a ésta aparecen atacadas del mismo mal, aún encontrándose a bastante distancia; ahora bien, cuando en una viña, o en un huerto, o en un jardín aparece la enfermedad, la infec­ción se extiende rápidamente y la belleza y los frutos que se espera­ban quedan arruinados.

¿Sabes cómo se extiende el mal? No por contacto, porque la distancia lo impide; no porque los animalitos ba­jen al suelo y atraviesen el espacio que separa a las plantas; la expe­riencia lo confirma: es el viento el que levanta esta maldición y la desparrama sobre las plantas aún sanas. Es una desgracia que se propaga en un abrir y cerrar de ojos. Pues bien, has de saber que el viento de la murmuración lleva muy lejos la filoxera de la desobe­diencia. ¿Comprendes?

—Comienzo a comprender.

—Ahora bien, los daños que ocasiona esta filoxera impulsada por un viento semejante, son incalculables. En las casas más florecientes hace marchitar, en primer lugar, la mutua caridad; después, el celo por la salvación de las almas; después engendra el ocio; des­pués agosta todas las demás virtudes religiosas y, finalmente, el es­cándalo las hace objeto de reprobación por parte de Dios y por parte de los hombres. No es necesario que uno de los depravados pase de un colegio a otro: basta con que este viento sople desde lejos. ¡Convéncete! Esta fue la causa que llevó a la destrucción a cier­tas Ordenes religiosas.

—Tienes razón. Reconozco la verdad de cuanto me dices. Pero ¿cómo poner remedio a tan gran desgracia?

—No bastan los paños calientes, hay que tomar medidas extre­mas. Para atajar el mal que produce la filoxera se pensó en sulfatar las plantas atacadas, se recurrió al agua de cal, se inventaron otros remedios; pero todo ello no sirvió de nada, porque una sola planta atacada por la filoxera arruina a toda una viña.

Después, de una viña se extiende a las viñas más próximas y de éstas a otras, de for­ma que de una región pasa a una provincia y de esta a un reino y así sucesivamente.

¿Quieres saber, pues, la única manera que hay para cortar el mal en su principio? Apenas aparece la filoxera sobre una planta, hay que arrancarla con precaución y cortar todas aque­llas otras que la rodean y arrojarlas todas a las llamas. Si la infección fuese general en toda la viña, hay que arrancar todas las plantas y reducirlas a cenizas para salvar las viñas próximas.

Sólo el fuego puede acabar con semejante enfermedad. Por eso, cuando en una casa se manifieste la filoxera de la oposición a la voluntad de los su­periores, el descuido altanero de las santas Reglas, el desprecio a las obligaciones impuestas por la vida común, tú no debes contempori­zar; no dejes ni siquiera los cimientos de aquella casa; rechaza a sus miembros, sin dejarte vencer por una perniciosa tolerancia.

Lo mis­mo harás con los individuos. A veces te parecerá que un individuo aislado pueda sanar y volver de nuevo al buen sendero; o tal vez sentirás castigarlo por el amor que le profesas o por alguna especial habilidad que posee o por su ciencia que te parece prestigiar a la Congregación. No te dejes llevar de semejantes reflexiones.

Perso­nas de esta índole, difícilmente cambiarán de manera de ser. No digo que su conversión sea imposible; pero me atrevo a sostener que es muy rara una rectificación, tan rara que esta posibilidad no debe ser suficiente para inclinar a los superiores a una sentencia be­nigna. Algunos, se dirá, se conducirán aún peor en medio del mun­do. Allá ellos; que carguen con el peso de su manera de proceder, pero que no sea tu Congregación la que sufra las consecuencias de su conducta.

—¿Y si en realidad, conservándolos en la Sociedad, se pudiera atraerlos al bien con la tolerancia?

—Esta suposición es falsa. Es mejor despedir a uno de estos soberbios que retenerlo con la duda de que pueda continuar sem­brando cizaña en la viña del Señor. No olvides esta máxima; ponía decididamente en práctica siempre que sea necesario; habla de esto a tus directores en tus conferencias y que este sea el tema que co­mentes en la clausura de los ejercicios.

—Sí, lo haré. Gracias por tus avisos. Pero ahora, dime: ¿quién eres tú?

—¿No me conoces ya? ¿No recuerdas cuántas veces nos hemos visto?

Mientras el desconocido hablaba de esta manera, todos los pre­sentes sonreían.

Entretanto sonó la señal para levantarse y [San] Juan Don Bosco se despertó.

El [Santo] añadió que este sueño le había durado tres noches consecutivas; detalle que hace desechar toda idea de que este relato sea una especie de parábola por él ideada para expre­sar de una manera fantástica su pensamiento.

   


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