Thursday December 14,2017
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LA JOYA QUE PERDIÓ EL ÁRABE

Se cuenta que, cruzando el desierto, un viajero vio a un nómada sentado al pie de una palmera. A poca distancia descansaban sus caballos, pesadamente cargados con objetos de valor.

El viajero se le acercó y le preguntó: ¿Puedo ayudarle en algo? Me parece verlo muy preocupado.

Tiene razón, respondió el árabe. Estoy muy afligido porque acabo de perder la más preciosa de las joyas.

Extrañado, el viajero preguntó: ¿Y qué joya era esa? Era una joya como no volverá a hacerse otra. Estaba  tallada en un pedazo de piedra de la vida y había sido hecha en
el taller del tiempo. La adornaban veinticuatro brillantes, alrededor de los cuales se agrupaban sesenta joyas más pequeñas.

Prenda igual no podrá producirse jamás. Su joya debió haber sido preciosa-, repuso el viajero. -Pero, ¿no cree que con suficiente dinero se puede fabricar otra igual?

¡Imposible!- exclamó el árabe, - porque la joya perdida era un día y un día que se pierde no vuelve a recuperarse jamás. Hay tres días en la vida de todo ser humano: ayer, hoy y mañana. El día de ayer no lo volveremos a vivir jamás.

Una vez que se cumplan las veinticuatro horas del día, cae para siempre en el pasado irrecuperable.

El día de mañana no nos pertenece. El futuro pertenece al autor del tiempo y de la vida. Desperdiciar el día de hoy sólo porque habrá un mañana, es no reconocer que ese mañana no es nuestro.

El único día que es nuestro, es hoy. Hoy, es el día que podemos aprovechar para construir un mañana feliz, o desperdiciarlo y así echar a perder nuestro futuro. El hoy se nos ha sido dado con dos propósitos: prepararnos un buen mañana aquí en esta tierra y preparar nuestra alma para toda la eternidad. Si queremos disfrutar de un buen fruto mañana, tenemos que sembrar buena semilla hoy.

Este es el día más importante de nuestra vida.

Tal como el nómada del desierto, reconozcamos el valor de este día que es nuestro.

Con Cristo en el corazón, tendremos quien nos enseñe cómo aprovecharlo para la vida eterna. Cuidemos, pues, esta joya, así como cuidamos nuestra propia vida.

 
     
   


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