Thursday December 14,2017
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HISTORIA DE UN SAMURAI

Me senté en la mejor de mis estrellas y pensé en tí... sólo en tí. Porque, ¿sabes?... Te Amo y por eso hice un mundo donde pudieras estar hasta que llegara el momento en que vinieras junto a mí. En ese mundo puse la belleza en una flor, tierra y semillas para que pudieras comer. Puse el cielo y le di el día y la noche; en el día puse un sol para que sintieras el calor de mi amor, y en la noche puse la frescura para que sintieras sin ver, puse la oscuridad y en ella la luna y las estrellas para que supieras que en la penumbra hay belleza, que la belleza no sólo se ve sino que también se siente y todo lo hice para ti.

Puse un mar. En el mar puse animales, todos diferentes de forma y color para que los pudieras distinguir; también pensé en ellos y les di un lugar para vivir.

Pensé que te aburrirías si todo fuera del mismo color, por lo que a las plantas les di el verde, al día el azul, a la noche el negro, a las estrellas su brillo y hasta a tus ojos les di color.

Permití el mal para que pudieras conocer el bien, puse en tu corazón bondad, amor, paz y también perdón.

Pensé que no podrías estar solo e hice a la mujer para que hubiera un cuerpo que, unido al cara, le gritó todos los insultos conocidos -ofendiendo incluso a sus ancestros-.

Durante horas, hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

- ¿Cómo pudiste, maestro,  soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos
nosotros?

El maestro les preguntó:  Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo
aceptan, ¿a quién pertenece el  obsequio?

A quien intentó entregarlo  respondió uno de los alumnos. Lo mismo vale para la
envidia, la rabia y los insultos,  -dijo el maestro-.

Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

 

"El que da la espalda al sol, sólo puede ver su propia sombra".

 
     
   


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