Thursday January 18,2018
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LAS ESMERALDAS ENCANTADAS

Hace muchos, muchos años, hubo una vez un niño que solía  jugar debajo de un gran pino cercano a su casa.

Después de cada lluvia, alrededor del árbol brotaban muchos hongos alineados en forma de círculo, que servían de asiento a un grupo de pequeñas hadas, tan chiquitas como muñequitas, pero capaces de hacer cosas maravillosas.

Al poco tiempo de conocerse, el muchacho y las hadas ya eran grandes amigos.

Francisco, que así se llamaba el niño, mantenía en secreto esa amistad, porque la gente no suele creer en las hadas, pero se divertía mucho con ellas.

Pero llegó el invierno y el padre del muchacho decidió hacer leña de ese pino.

Francisco le rogó de todas formas que no cortara ese árbol, ya que era la morada de sus extrañas amigas; el padre aceptó su pedido, a condición de que Francisco se ocupara de conseguir la leña para la casa durante todo el invierno.

El chico pasó ese invierno trabajando muy duro, recorriendo la comarca, juntando leña para cumplir la promesa que salvaría al pino, y el padre cumplió la suya, porque así son los padres.

Llegada la primavera, las hadas se enteraron del sacrificio realizado por Francisco para salvar su viejo árbol, y decidieron recompensarlo regalándole una cadena de oro con seis grandes esmeraldas.

- Estas piedras -le dijeron-, tienen poderes mágicos que te darán toda la felicidad; mientras las lleves en el cuello serás amado, conseguirás para tí todo lo que quieras y llegarás a ser inmensamente rico. Para el resto de los hombres, sólo serán unas piedras muy valiosas, pero sin esos poderes.

Muy pronto, Francisco comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba, y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque, como no ambicionaba riquezas, poco uso les daba a sus esmeraldas encantadas.

Pero ese verano hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Francisco intentó solucionar esos males con sus piedras encantadas, pero todo fue en vano, sus poderes sólo actuaban para él, pero no para los demás.

Podría salvarse él del hambre y la miseria, pero nunca ayudar a sus semejantes.

Rápidamente, corrió hasta la ciudad más cercana, vendió las piedras, por las cuales le dieron una fortuna y volvió a su comarca, con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se  enterara de que había sido él quien trajera todo eso, lo fue dejando frente a las casas, de noche, sin que lo vieran.

A la mañana siguiente, todos encontraron los grandes paquetes frente a sus puertas y fue como un día de reyes para todos. Hubo alegría y alivio, aunque nadie sabía a quien darle las gracias.

Pero Francisco estaba preocupado, porque tendría que confesar a sus amigas las hadas, que se había desprendido de las maravillosas piedras que le regalaron.

Lo hizo con un poco de miedo, pensando que se enojarían.

Pero las hadas comprendieron que Francisco no necesitaba unas piedras encantadas para ser feliz, le bastaba con su propia bondad. Por eso, le hicieron otro obsequio para que llevara en su cuello; esta vez, le dieron un humilde pañuelo, ajustado con un pequeño anillo.

Ese pañuelo, le recordaría siempre que de nada valen las riquezas, ni la propia felicidad, cuando no se las puede compartir; que lo que se consigue sin esfuerzo, carece de verdadero valor, y que el amor al prójimo es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad mas grande que compartir tu felicidad.

 
     
   


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