Thursday December 14,2017
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EL HEREDERO

Erase una vez, de acuerdo con la leyenda, que un reino europeo estaba regido por un rey muy cristiano, con fama de santidad y que no tenía hijos. El monarca envió a sus heraldos a colocar un anuncio, en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el Rey. A todo candidato se le exigían dos características:

1a. Amar a Dios.

2a. Amar a su prójimo.

En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que él cumplía los requisitos pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos.

Una sola cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos indispensables para comprar las provisiones para tan largo viaje hasta el castillo real.

Su pobreza no sería un impedimento para, siquiera, conocer a tan afamado rey.

Trabajó de día y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje.

Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las puertas de la ciudad, se le acercó un pobre limosnero a la vera del camino. Aquél pobre hombre tiritaba de frío cubierto sólo por harapos. Sus brazos, extendidos, rogaban auxilio.

Imploró con una débil y ronca voz:  -Estoy hambriento y tengo frío, por favor, ayúdeme.

El joven quedó tan conmovido por las necesidades del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero.

Sin pensarlo dos veces, le dio también parte de las provisiones que llevaba.

Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella le suplicó:

- ¡Mis niños tienen hambre, y  yo no tengo trabajo!

Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo, y la cadena de oro de cuello, y junto con el resto de las provisiones, se los entregó a la pobre mujer.

Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos y carente de provisiones para regresar a su aldea.

A su llegada al castillo, un asistente del Rey le mostró el camino a un grande y lujoso salón.

Después de una breve pausa, por fin, fue admitido a la sala del trono.

El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito y con la boca abierta, dijo:

-¡Usted...! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!

En ese instante, entró una criada y dos niños trayéndole agua al cansado viajero para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:

-¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!

-Sí -replicó el Soberano con un guiño-, yo era ese limosnero y mi criada y sus niños también   estuvieron allí.

-Pe..., pero..., pero..., ¡usted es el Rey! ¿Por qué hizo eso?-Tartamudeó, tragando saliva, después de ganar un poco de confianza.

- Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo -dijo el Monarca-. Sabía que si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus motivaciones. De ese modo, me hubiera resultado imposible descubrir lo que realmente hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba.

- ¡Tú serás mi heredero! -sentenció el Rey- ¡Tú heredarás mi reino!

Y tú..., ¿eres heredero de tu Padre del cielo?..., ¿tú heredarás Su reino?

“Dios golpea sin cesar las puertas de nuestro corazón. Siempre está deseoso de entrar. Si no penetra, la culpa es nuestra. “ San Ambrosio

 
     
   


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