Thursday January 18,2018
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EL LEPROSO AGRADECIDO

Nuestra vida estaba marcada por la soledad..., nos obligaban a vivir alejados de la sociedad..., nos consideraban malditos pues estábamos enfermos de la lepra.

Compartíamos esta triste condición diez hombres en un miserable leprosario. Cada día, no hacíamos otra cosa que esperar la llegada de la muerte..., para nosotros no había otra esperanza.

De pronto, corrió como reguero de pólvora la noticia de los prodigios hechos por un hombre llamado Jesús. Era la novedad y la plática de todos en los alrededores de Judea, Samaría y Galilea, pues su fama se había extendido hasta donde nos encontrábamos.

Fue entonces, que unos de los nuestros supo que Jesús y sus discípulos se dirigían hacia Jerusalén e iban a pasar por el pueblo en el que vivíamos. Nos quedamos mudos... Para gente como nosotros, tan metidos en la desesperanza, pensar en algo como recuperar la salud es un sueño que hasta duele tener... El miedo nos hacía ser cínicos y comenzamos a burlarnos del que propuso buscar al maestro milagroso... Una noche, no me pude contener y les expuse la necesidad que yo sentía de intentar sanar por medio de Jesús: hablé, grité..., terminé llorando. El grupo me escuchó en silencio. Finalmente, uno a uno me apoyó y pensamos en salirle al encuentro para pedirle que nos curara del mal que padecíamos.

El día tan ansiado llegó. No nos era fácil cumplir nuestro propósito pues no podíamos acercarnos a la gente pero, ¿qué teníamos que perder?; nos decidimos a acercarnos al poblado.

Al fin, lo encontramos en el camino, y nuestra alegría no se hizo esperar, pues teníamos la esperanza de que él podía curarnos. Los otros me mandaron por delante y, aunque nos mantuvimos a distancia, yo le pedí a gritos que nos curara de nuestra enfermedad, diciéndole:

"Jesús, Maestro, ten piedad  de nosotros". El nos miró de una manera que expresaba una ternura muy al ejada a la simple lástima..., era una compasión que parecía compartir nuestro sufrimiento. Con una voz firme, nos mandó:

"Vayan y preséntense a los sacerdotes". Y es que la Ley de Moisés estipulaba, que los  sacerdotes eran los encargados de determinar si alguien tenía lepra, o si alguien sanaba de ella  (Levítico 13-14).

Mis compañeros se miraron  unos a otros desconcertados.  -"¿Eso es todo lo que va a hacer por nosotros?"-, alguien dijo.  Una vez más, tuve que hacer gala de mi capacidad de convencimiento para lograr que nos pusiéramos en camino.

- "Es ridículo", -opinó alguno.  -"Es peligroso", -opinó otro. Yo les expresé la confianza que me había inspirado la ternura y la compasión con la que nos había hablado.

- "Si ustedes no quieren sanar,  quédense aquí a pudrirse en vida.

Yo me voy a conseguir lo que el  Maestro me prometió". Empecé a caminar y, uno tras otro, me  siguieron.

En realidad, Jesús nos había pedido mucho, ya que estábamos realmente lejos de Jerusalén y no contábamos con los recursos, ni las posibilidades de llegar sanos y salvos siendo, como todavía lo éramos, leprosos.

La primera jornada de viaje fue muy difícil. A algunos de los compañeros les costaba mucho caminar..., nos acostamos con hambre y frío, pero gracias al cansancio nos dormimos como piedras. Yo tuve un sueño: ángeles del cielo me limpiaban las llagas con lienzos celestiales y con óleos preciosos.

Me costaba trabajo decidirme a despertar de un sueño tan hermoso. Pero de pronto me despertó un grito. Abrí los ojos espantado, esperando lo peor, pero el grito se repitió y luego otra voz lo acompañó... ¡Estábamos limpios! ¡Sanados! ¡Ninguno de nosotros tenía las nauseabundas llagas que estaban terminando nuestras vidas! Yo me uní a los gritos y tal vez con más euforia que los demás.

Entonces, ya nada nos importó, corrimos de alegría hacia el Templo, a presentarnos, para que nuestra curación fuera certificada y pudiéramos regresar a nuestros hogares... cuando de pronto pensé:

"Realmente Jesús nos ha curado. El debe ser el Mesías, el Hijo de Dios". Les dije a mis compañeros que deberíamos volver para agradecerle a Jesús.

Pero ellos me dijeron: "¡Estás loco! Queremos ir rápidamente a Jerusalén para
poder volver a casa". Esta vez, mi elocuencia no consiguió nada... Con tristeza, miré a mis compañeros alejarse. Yo, cambié el rumbo y me devolví a buscarle para darle las gracias por haberme curado. Al fin lo encontré y me arrodillé ante El y le dije:

"Gracias, Señor, por haber  me curado". Él levantó su mirada y dijo:

- "¿No eran diez los hombres  que curé? ¿Dónde están los otros nueve? Solamente uno me ha  dado las gracias". Triste sentí a  mi Señor cuando con su mirada no encontró a los otros nueve que había sanado. Y lo peor es que yo era el único que no era judío, sino samaritano. Tal vez yo fui un símbolo de lo que pasaría después, cuando el amado Maestro fue abandonado por su pueblo, pero su obra progresaría entre los no judíos. Como fuera... ¡qué afortunado fui al conocerlo!

Y tú, ¿ya conoces al Señor Jesús? ¿Te has acercado a Él con fe? ¿Has sabido agradecerle los muchos beneficios que te ha hecho? 

 
     
   


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