Saturday March 25,2017
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GLORIAS DE MARIA

Maria Reina de los Angeles y de los Hombres

Autor: San Alfonso Maria
de Ligorio

Fuente: iteadjmj.com


I- Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia

» 1a. De la confianza que debemos tener en la Virgen, por ser Reina de la Misericordia

» 1b. Ejemplo:
Maria la pecadora, convertida en la hora de la muerte.

» 1c. Oracion

» 2a. Que debemos tener aún mayor confianza en la Virgen María, por ser nuestra Madre

» 2b. Ejemplo:
Conversión y santa muerte de un protestante.

» 2c. Oracion

» 3a. Del grande amor que nuestra Madre nos tiene

» 3b. Ejemplo:
Santa muerte de una pastorcita.

» 3c. Oracion

» 4a. María también
es Madre de los
pecadores arrepentidos

» 4b. Ejemplo:
Ernesto, el monje bandolero

» 4c. Oracion


II- Vida y Dulzura

» II- 1a. María es vida nuestra, porque nos alcanza el perdón de los pecados

»II- 1b. Ejemplo:
Elena, convenida por rezar el rosario.

»II- 1c. Oracion

» II- 2a. La Virgen también es nuestra vida, porque nos obtiene la perseverancia.

»II- 2b. Ejemplo:
Conversión de María Egipciaca.

»II- 2c. Oracion

»II- 3a. María hace dulce la muerte a sus devotos

»II- 3b. Ejemplo:
María asiste a una pobre moribunda desamparada.

»II- 3c. Oracion


III- Esperanza Nuestra

» III-1a. María es esperanza
de todos

»III- 1b. Ejemplo:
Resucitada por la oración
del marido.

»III- 1c. Oracion

»III- 2a. María es la esperanza de los pecadores.

»III- 2b. Ejemplo:
Perdonado por intercesión
de María.

»III- 2c. Oracion


IV - A Ti clamamos los hijos de Eva

» IV- 1a. María ayuda prontamente a todos los
que la invocan

»IV- 1b. San Francisco de Sales, socorrido por rezar el «Acordaos»

»IV- 1c. Oracion

»IV- 2a. Poder de María contra las tentaciones

»IV- 2b. Ejemplo:
Amparado por la Virgen en el tribunal de Cristo.

»IV- 2c. Oracion


V- A Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas

» V- 1a. Cuan necesaria sea para salvarnos la intercesión
de nuestra Señora

»V- 1b. Ejemplo:
¡Jamás renegaré de mi Madre!

»V- 1c. Oracion

»V- 2a. Prosigue la misma materia

»V- 2b. Ejemplo:
Escritura arrebatada al demonio.

»V- 2c. Oracion


VI- Ea, pues Señora, abogada nuestra

» VI- 1a. María es nuestra abogada, y tiene poder para salvarnos a todos.

»VI- 1b. Ejemplo:
Camino del patíbulo,
salvado por María.

»VI- 1c. Oracion

»VI- 2a. María es abogada compasiva y no rehusa defender la causa de ningún desvalido

»VI- 2b. Ejemplo:
La Virgen, portera de un monasterio

»VI- 2c. Oracion

»VI- 3a. María hace las paces entre Dios y los hombres

»VI- 3b. Ejemplo:
Conversión de Benita.

»VI- 3c. Oracion


VII- Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

» VII- 1a. María Santísima mira con gran compasión nuestras miserias para remediarlas

»VII- 1b. Ejemplo:
El demonio, disfrazado
de mona

»VII- 1c. Oracion


VIII- Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

» VIII- 1a. María libra del infierno a sus devotos.

»VIII- 1b. Ejemplo:
Diversa suerte de dos estudiantes calaveras.

»VIII- 1c. Oracion

»VIII- 2a. María alivia a los suyos las penas del purgatorio y les saca de ellas

»VIII- 2b. Ejemplo:
Alejandra se salva por el Rosario.

»VIII- 2c. Oracion

»VIII- 3a. María lleva sus siervos a la gloria.

»VIII- 3b. Ejemplo:
Tomás, monje, oye cantar
a la Virgen

»VI- 3c. Oracion


IX- ¡Oh Clemente!, ¡Oh Piadosa!

» IX- 1a. Cuan grande sea la clemencia y piedad de María.

»IX- 1b. Ejemplo:
Convertida por rezar el Avemaría.

»IX- 1c. Oracion


X- ¡Oh Dulce Virgen María!

» X- 1a. El nombre de María es dulcísimo en vida y en muerte.

»X- 1b. Ejemplo:
Arrancada de las garras
del demonio.

»X- 1c. Oracion


Oraciones,
Muy devotas de algunos santos a la Divina Madre

»De San Efrén

»De San Bernardo

»De SanGermán

»Del Abad Célense,
llamado el idiota.

»De San Metodio

»De San Juan Damasceno

»De San Andrés de Candía

»De San Ildefonso

»De San Atanasio

»De San Anselmo

»De San Pedro Damián

»De San Guillermo.
Obispo de París

»De Santo Tomas de Aquino

»De San Alfonso María
de Ligorio.

 

V 1a. Cuan necesaria sea para salvarnos la intercesión de nuestra Señora


Que el invocar y hacer oración a los Santos, y    especialmente a la Reina de todos, María Santísima, para que nos alcancen del Señor gracias y favores, es cosa no solamente lícita, sino útil y santa; es verdad de fe, definida en los Concilios, contra los herejes, que la motejan de injuriosa a Jesucristo, único medianero nuestro.

Pues si Jeremías, después de su muerte, ruega por la ciudad de Jerusalén (2 Macab., 15, 14); si los ancianos del Apocalipsis (6, 8) presentan a Dios las oraciones de los Santos; si promete San Pedro a sus discípulos (2 Pftr, 1,15) acordarse de ellos después de pasar de este mundo; si San Esteban (Act., 7, 59) ruega por sus perseguidores; si San Pablo (Act., 27, 24) lo hace por sus compañeros; si pueden los Santos

pedir por nosotros ¿por qué no hemos de solicitar su intercesión? El mismo San Pablo (/ Tesal., 5, 25) se encomendó en las oraciones de sus discípulos. Y Santiago (5, 16) nos exhorta a rogar los unos por los otros. Luego bien podemos hacerlo con toda seguridad.

¿Quién niega que Jesucristo sea nuestro medianero de justicia, que con sus méritos nos ha reconciliado con el Padre? Mas ¿no será también cosa impía el decir que desagrada a Dios dispensar mercedes por intercesión de los Santos, y con especialidad por medio de su Madre amantísima, a quien desea grandemente ver amada y venerada de todos? ¿Quién no sabe que el honor tributado a la madre redunda en honor de los hijos? (Prov., 17,6).

¿Quién ha de creer que se oscurezca la gloria del Hijo alabando a su Madre, sino, al contrario, que cuantos más elogios se le den a Ella, más se le dan a Él? Bendecir a la Reina Madre, dice San Ildefonso, es bendecir al Hijo.

No se duda que por los merecimientos de Jesucristo se concedió a María la dignidad de ser medianera de nuestra salud, no de justicia, sino de gracia y de intercesión, corno la llaman el espejo de nuestra señora y San Lorenzo Justiniano.

Y, por lo mismo, el acudir a la Virgen para que nos alcance las gracias no proviene, dice el Padre Suárez, de que desconfiemos de Dios y de su misericordia, sino del temor de nuestra propia indignidad y vileza, conociendo la cual recurrimos a María para que supla nuestra miseria con sus méritos e intercesión. Que esto sea cosa útil y santa,lo dudará solamente quien no tenga fe.

Mas lo que ahora intentamos probar es que su intercesión es necesaria para salvarnos, si no de una manera absoluta y rigurosa, a lo menos, moralmente, hablando con toda propiedad.

Y decimos que esta necesidad dimana de la voluntad positiva de Dios, que ha determinado que todas las gracias que a los hombres dispensa hayan de pasar por manos de María, según la opinión de San Bernardo, que ya es común hoy entre los doctores y teólogos, como lo explica bien el autor del libro intitulado reino de maría.

Esta es la opinión de Vega, Mendoza, Segneri, Poiré, Crasset, Contenson otros innumerables. Hasta Natal Alejandro, autor ordinariamente tan mirado en lo que dice, lo  segura sin titubear.

Sólo un escritor moderno (1) ha mostrado ser le diverso sentir, aunque habla con mucha piedad v doctrina cuando explica la verdadera y falsa devoción.

Mas con la Madre de Dios ha sido muy avaro en concederle esta prerrogativa, que le «tribuyen largamente San Germán, San Anselmo, San Juan Damasceno, San Buenaventura, San Antonino, San Bernardino de Sena y tantos otros  doctores sagrados, que sin dificultad aseguran ser la intercesión de María no sólo útil, sino también necesaria.

Dice dicho autor que el suponer que Dios ninguna gracia conceda sino por medio de la Virgen es una hipérbole o exageración deslizada al fervor de algunos Santos, la cual, entendida como se debe, quiere decir que de María hemos recibido a Jesucristo, por cuyos méritos lo alcanzamos todo; pues sería error, añade, el creer que Dios no puede concedernos favores sin la intervención de su Madre, enseñando el Apóstol (1 Tim., 2, 5) que los cristianos sólo reconocemos a un Dios y a un mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo.

Pero, con licencia de este escritor, una es mediación de justicia, por vía de merecimiento; otra de gracia, por vía de ruegos.

Y una cosa es decir que Dios no puede; otra, que no quiere conceder sus gracias, sino por medio de María. Nadie niega que Dios, como fuente de todo bien, es dueño absoluto de sus beneficios, ni que María, si nos da, es porque lo recibe graciosamente de Dios.

Mas ¿quién pondrá tampoco en duda ser cosa muy puesta en razón que, habiendo amado y honrado a Dios esta criatura excelentísima más que ninguna otra, y sido ensalzada a la dignidad incomparable de Madre del mismo Dios, quiera el Señor que todas las gracias que haya de conceder pasen por sus manos virginales?

Confesamos que Jesucristo es el único mediador de justicia, y por sus méritos alcanzamos  gracia y salvación; pero añadimos que María es mediadora por gracia, y que si bien cuantos favores nos impera son en virtud de los méritos del Redentor, y pidiéndolos Ella en nombre del Redentor, pero, al fin, pasan todos por sus benditas manos.

En esto no hay nada que se oponga a los dogmas de nuestra fe; antes bien, es muy conforme a lo que tiene y cree la santa Iglesia, enseñándonos en las oraciones públicas que de continuo acudamos a esta dulce Madre y la invoquemos, llamándola salus infirmorum, refugium peccatorum, auxilium christianorum, vita, spes nostra, Y en el Oficio divino, que manda rezar en las festividades de la Virgen, aplicándole una palabras de la Sabiduría (Eccli,, 24, 25), nos dice que hemos de poner en Ella toda la esperanza de gracia, de vida, de salvación eterna, como medio para preservarnos de pecar, cosas todas que declaran manifiestamente la necesidad que tenemos de su poderosa intercesión.

Y en este creer y sentir nos confirman innumerables teólogos y Santos Padres, de los que no es justo que digamos que por ensalzar a María hallaron con hipérboles y se les cayeron de la boca exageraciones, porque el exagerar y aumentar con exceso es traspasar los límites de la verdad, vicio muy ajeno de los Santos, asistidos en lo que escribían del espíritu de Dios, que es espíritu de verdad.

Y aquí se me permita decir en breve digresión que cuando una opinión tiene algún fundamento y mira de alguna manera el honor de María Santísima, no conteniendo nada que sea contrario a la fe, decretos de la Iglesia o a la verdad en sí, el no admitirla o impugnarla con pretexto de que la contraria puede también ser verdadera, denota poca devoción a la misma Señora.

En la lista de los pocos devotos no quisiera estar yo, ni que se contase ninguno de mis lectores; antes bien, que todos no hallásemos comprendidos en el número de los que firmemente creen cuanto sin error se puede creer de su grandeza, pues entre los obsequios que más le agradan, uno es el de creer con firmeza sus excelencias y prerrogativas.

Y cuando otra razón no hubiera, bastaría saber lo que enseñan los Santos, que todo cuanto se diga en alabanza de María todo es poco para lo que merece su dignidad de Madre de Dios. Añádase lo que nos propone la santa Iglesia, que en su Misa nos manda decir estas palabras:

«Feliz eres, ¡oh sagrada Virgen!; feliz y dignísima de toda alabanza.»

Pero volviendo al punto, veamos lo que dicen los Santos: San Bernardo la llama Acueducto lleno, de cuya plenitud recibimos todos.

Dice también que antes no había en el mundo esta fuente copiosa; pero que, ya nacida, de ella corre la gracia hasta nosotros continuamente. Por lo que, así como para tomar la ciudad de Betulia mandó romper Holofernes las cañerías que iban a la ciudad, así el demonio, para apoderarse de las almas, procura que pierdan la devoción a nuestra Señora, y si lo consigue, tiene hecho lo demás.

¡Oh alma!, añade el Santo, mira con cuánta devoción y afecto desea Dios ver honrada a su Madre, pues depositó en sus manos todos los tesoros de su bondad para que sepamos que todo cuanto tenemos de esperanza, de gracia y de salvación lo recibimos de María. Y considerando el nombre que la santa Iglesia le da de Puerta del Cielo, dice que de allí no viene gracia ninguna que no pase por sus manos benditísimas.

San Antonino asegura que todas cuantas misericordias se han dispensado a los hombres, todas han sido por medio de María. Por eso la comparan con la luna, porque así como la luna se interpone entre el sol y la tierra, y derrama sobre ésta los rayos que recibe del sol, así María es medianera entre Dios y nosotros, y nos transmite la gracia.

San Jerónimo, o quien sea el autor de un sermón de la Asunción inserto en sus obras, confirma esta verdad, diciendo que en Jesucristo está la plenitud de gracia como en cabeza de quien se derivan los espíritus vitales; esto es, los auxilios divinos con que se alcanza la salvación eterna, y que en María está la gracia en plenitud, como en cuello y conducto por donde todo pasa a los miembros.

San Bernardino de Sena lo trae aún más expresamente, enseñando que por su medio se transmiten a los fieles, que son el cuerpo místico de Jesucristo, todas las gracias de la vida espiritual que desciende del mismo Señor; añadiendo que en el punto en que fue concebido en su seno virginal el Verbo eterno, adquirió la Madre cierto derecho y jurisdicción a todos los dones que proceden del Espíritu Santo, en términos que ya ninguna criatura recibe gracia ni favor que no pase por sus manos virginales, con derecho y autoridad para dispensarlas a quien, cuándo y en el modo que más la agrade.

El Padre Crasset, S. J., explicando aquellas palabras donde anuncia el profeta Jeremías (31, 22) la encarnación del Verbo divino, diciendo: Una mujer rodeará al Hombre-Dios, compara las gracias que vienen por su mano a las líneas que salen de un círculo, las cuales han de pasar por la circunferencia; así, de Jesucristo nuestro Señor, que es centro de la gracia, no procede ninguna sin que haya de pasar por medio de María, que en la Encarnación le tuvo en su seno inmaculado.

Por esto el abad de Celles nos exhorta a recurrir a la tesorera de todas las gracias, pues únicamente por su medio deben aguardar los hombres todo el bien que pueden esperar.

El Padre Suárez enseña ser hoy sentir de la Iglesia universal que la intercesión de la Virgen no sólo es útil, sino necesaria.

Necesaria, vuelvo a decir, no en sentido absoluto, porque precisa y absoluta sólo nos es la de Jesucristo nuestro Señor, sino en sentido moral, por haber Dios determinado no conceder al hombre cosa alguna que no pase por manos de su Madre, conforme a la doctrina de San Bernardo, enseñada mucho tiempo antes por aquel Santo, que, hablando con la misma Señora, dice así:

«¡Oh María! El Señor ha dispuesto que por vuestras manos pasen todos los bienes que ha de repartir a los hombres, y para ello os ha confiado todos los tesoros y riquezas de su gracia.»

Otro escritor mariano asegura igualmente que sin el consentimiento de esta purísima Doncella no liso Dios hacerse hombre, por dos motivos: el uno, para que quedásemos sumamente obligados a gran bienhechora, y el otro, para que supiésemos que la salvación de todos quedaba pendiente de la voluntad y arbitrio de la misma Señora.

En fin, el espejo de nuestra señora, comentando aquellas palabras del profeta Isaías (11, 1-3), que dice que de la estirpe de Jesé, padre de David, brotará un retoño, que es María, y de éste una flor, que es el Verbo encarnado, dice hermosamente: «Todo el que aspire a conseguir la gracia del Espíritu Santo, busque la flor en su tallo, porque en éste se halla la flor, y en la flor, a Dios.»

Y sobré aquel texto de San Mateo (2, 11): Hallaron al Niño con María, su Madre, escribe: «Jamás hallará nadie a Jesús sino por medio de María.»

De todo lo dicho se infiere claramente que cuando estos Santos y Doctores enseñan que todas las gracias del Cielo vienen por sus manos, no han querido decir solamente que sea porque de Ella hemos recibido a Jesucristo, fuente de todo bien, sino porque, además, quiere Dios que cuantos favores y auxilios se han dispensado después a los hombres, y se dispensarán hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, todos hayan de ser debidos a la intercesión de su Madre santísima.

Por eso escribe San Ildefonso: «Siervo del Hijo quiero ser; mas porque nadie puede lograrlo sin ser siervo de la Madre, por eso ambiciono serlo de la Madre.»

   


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