Friday January 20,2017
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GLORIAS DE MARIA

Maria Reina de los Angeles y de los Hombres

Autor: San Alfonso Maria
de Ligorio

Fuente: iteadjmj.com


I- Dios te Salve, Reina y Madre de Misericordia

» 1a. De la confianza que debemos tener en la Virgen, por ser Reina de la Misericordia

» 1b. Ejemplo:
Maria la pecadora, convertida en la hora de la muerte.

» 1c. Oracion

» 2a. Que debemos tener aún mayor confianza en la Virgen María, por ser nuestra Madre

» 2b. Ejemplo:
Conversión y santa muerte de un protestante.

» 2c. Oracion

» 3a. Del grande amor que nuestra Madre nos tiene

» 3b. Ejemplo:
Santa muerte de una pastorcita.

» 3c. Oracion

» 4a. María también
es Madre de los
pecadores arrepentidos

» 4b. Ejemplo:
Ernesto, el monje bandolero

» 4c. Oracion


II- Vida y Dulzura

» II- 1a. María es vida nuestra, porque nos alcanza el perdón de los pecados

»II- 1b. Ejemplo:
Elena, convenida por rezar el rosario.

»II- 1c. Oracion

» II- 2a. La Virgen también es nuestra vida, porque nos obtiene la perseverancia.

»II- 2b. Ejemplo:
Conversión de María Egipciaca.

»II- 2c. Oracion

»II- 3a. María hace dulce la muerte a sus devotos

»II- 3b. Ejemplo:
María asiste a una pobre moribunda desamparada.

»II- 3c. Oracion


III- Esperanza Nuestra

» III-1a. María es esperanza
de todos

»III- 1b. Ejemplo:
Resucitada por la oración
del marido.

»III- 1c. Oracion

»III- 2a. María es la esperanza de los pecadores.

»III- 2b. Ejemplo:
Perdonado por intercesión
de María.

»III- 2c. Oracion


IV - A Ti clamamos los hijos de Eva

» IV- 1a. María ayuda prontamente a todos los
que la invocan

»IV- 1b. San Francisco de Sales, socorrido por rezar el «Acordaos»

»IV- 1c. Oracion

»IV- 2a. Poder de María contra las tentaciones

»IV- 2b. Ejemplo:
Amparado por la Virgen en el tribunal de Cristo.

»IV- 2c. Oracion


V- A Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas

» V- 1a. Cuan necesaria sea para salvarnos la intercesión
de nuestra Señora

»V- 1b. Ejemplo:
¡Jamás renegaré de mi Madre!

»V- 1c. Oracion

»V- 2a. Prosigue la misma materia

»V- 2b. Ejemplo:
Escritura arrebatada al demonio.

»V- 2c. Oracion


VI- Ea, pues Señora, abogada nuestra

» VI- 1a. María es nuestra abogada, y tiene poder para salvarnos a todos.

»VI- 1b. Ejemplo:
Camino del patíbulo,
salvado por María.

»VI- 1c. Oracion

»VI- 2a. María es abogada compasiva y no rehusa defender la causa de ningún desvalido

»VI- 2b. Ejemplo:
La Virgen, portera de un monasterio

»VI- 2c. Oracion

»VI- 3a. María hace las paces entre Dios y los hombres

»VI- 3b. Ejemplo:
Conversión de Benita.

»VI- 3c. Oracion


VII- Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

» VII- 1a. María Santísima mira con gran compasión nuestras miserias para remediarlas

»VII- 1b. Ejemplo:
El demonio, disfrazado
de mona

»VII- 1c. Oracion


VIII- Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

» VIII- 1a. María libra del infierno a sus devotos.

»VIII- 1b. Ejemplo:
Diversa suerte de dos estudiantes calaveras.

»VIII- 1c. Oracion

»VIII- 2a. María alivia a los suyos las penas del purgatorio y les saca de ellas

»VIII- 2b. Ejemplo:
Alejandra se salva por el Rosario.

»VIII- 2c. Oracion

»VIII- 3a. María lleva sus siervos a la gloria.

»VIII- 3b. Ejemplo:
Tomás, monje, oye cantar
a la Virgen

»VI- 3c. Oracion


IX- ¡Oh Clemente!, ¡Oh Piadosa!

» IX- 1a. Cuan grande sea la clemencia y piedad de María.

»IX- 1b. Ejemplo:
Convertida por rezar el Avemaría.

»IX- 1c. Oracion


X- ¡Oh Dulce Virgen María!

» X- 1a. El nombre de María es dulcísimo en vida y en muerte.

»X- 1b. Ejemplo:
Arrancada de las garras
del demonio.

»X- 1c. Oracion


Oraciones,
Muy devotas de algunos santos a la Divina Madre

»De San Efrén

»De San Bernardo

»De SanGermán

»Del Abad Célense,
llamado el idiota.

»De San Metodio

»De San Juan Damasceno

»De San Andrés de Candía

»De San Ildefonso

»De San Atanasio

»De San Anselmo

»De San Pedro Damián

»De San Guillermo.
Obispo de París

»De Santo Tomas de Aquino

»De San Alfonso María
de Ligorio.

 

I 3a. Del grande amor que nuestra Madre nos tiene


Si, pues, María es nuestra Madre, consideremos ahora cuánto es el amor que nos profesa.

No pueden dejar los padres de amar a sus hijos; razón por la que, habiendo impuesto la divina Ley, como reflexiona Santo Tomás, obligación estrecha de amar a los padres, para éstos no hay mandamiento escrito, por estar impreso en la misma  naturaleza tan fuertemente como aun en las fieras se ve, dice San Ambrosio. Y así, refieren las historias que ha habido casos en que, oyendo los tigres rugir a sus hijos, han ido nadando hasta la nave donde los llevaban.

Pues si aun los tigres hacen esta demostración, ¿cómo podrá olvidar a sus hijos una Madre que tiene el corazón tan tierno y amoroso? ¿Puede la mujer olvidarse del hijo que salió de sus entrañas? Pues dado por imposible que alguna madre se olvidase del suyo, dice María:

Yo jamás me olvidaré de ti (Is., 49, 15).

María es nuestra Madre, no según la carne, como antes dijimos, sino Madre por amor: Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Prov., 24, 24). Por amor se hizo Madre nuestra, y de ello se gloría, siendo tanto el que nos tiene, aunque sin merecerlo, que no lo alcanza la imaginación, y tan ardiente, que deseó con vivas ansias morir por nosotros juntamente con su Hijo santísimo, inmolada en el ara de la cruz a manos de los verdugos. «Colgado estaba el Hijo de la cruz, y la Madre se ofrecía a los verdugos por nosotros.»

Pero consideremos los motivos que tiene para amarnos, a así vendremos mejor en conocimiento de la grandeza de su amor.

1. El primero nace del que tiene a Dios. Porque el amor a Dios y al prójimo están enlazados y contenidos en un mismo precepto, como enseña el evangelista San Juan (1 Jn., 4, 21); de manera, que, a medida que el uno crece, crece también el otro.

Por esta causa, los Santos, como amaban tanto a Dios, ¿qué no hicieron por amor del hombre? Exponer y aun perder la libertad y la vida por la salvación de cualquiera.

Sabemos los trabajos que pasó en las Indias San Francisco Javier, donde a veces, buscando las almas, se encaramaba por las breñas, entre mil peligros, hasta encontrar a los miserables en las cavernas, donde habitaban como fieras, y traerlos al conocimiento del verdadero Dios.

Sabemos lo que hizo por convertir a los herejes de la provincia de Chablais San Francisco de Sales, que durante un año estuvo cada día atravesando el río, por cima de un madero cubierto de hielo, con el peligro que se deja entender. Sabemos que San Paulino se vendió como un esclavo por rescatar al hijo de una pobre viuda.

Sabemos que San F.idel dio gustoso la vida predicando en otra parte a los herejes para ganarlos a Dios. Y así todos los santos, como tenían tan grande amor de Dios, hicieron por el prójimo cosas heroicas y admirables.

Ahora bien: ¿quién hubo que amase a Dios más que María? ¿Qué digo más, si en el primer instante de su ser excedía ya con mucho en el amor al de todos los Santos y ángeles juntos en todo el discurso de su vida? (Esto después lo  probaremos detenidamente.)

Revelo ¡a misma Virgen a una ferviente religiosa que era tan grande su amor para con Dios, que con él se pudieran abrasar y consumir los cielos y la tierra, siendo en su comparación como un hielo todo el amor de los serafines.

Por este motivo, así como ni entre los espíritus bienaventurados hay quien más ame a Dios que María, así tampoco podemos tener nosotros quien más nos ame, siendo tan ardiente su amor, que si en un pecho se acumulase todo el de los padres y esposos, y también el de todos los Santos a sus devotos, no llegaría ni de lejos al que la Virgen sacratísima tiene a cualquier alma.

Confirmando esta verdad, escribe el P. Nieremberg que, en la misma comparación, todo el amor de las madres para con sus hijos es una sombra, pues que la Virgen nos ama sola más que todos los ángeles y santos juntos.

2. Además, nos ama tan ardientemente nuestra Señora porque Jesús, antes de expirar, nos encomendó a su maternal Cora/.ón, como hijos, en la persona de San Juan (Jn., 19. 26) Mujer, ése es tu hijo; que fue la postrera palabra dicha a su afligida Madre. Los últimos recuerdos que nos dejan a la hora de la muerte las personas a quienes mucho amamos, son ios que más se estiman y más impresos quedan en la memoria.

3. Además, nos ama tanto porque fue mucho  lo que le costamos, como sucede a todas las madres, que aman comúnmente más a los hijos cuya vida les costó más trabajo y dolor.

Mas nosotros somos aquellos hijos por los cuales sufrió la pena indecible de ofrecer la vida de su amantísimo Jesús, y la de verle morir al rigor de los tormentos, con cuya oferta nos alcanzó la vida de la gracia. Así, pues, somos hijos suyos, y muy queridos, porque fue mucho lo que le costamos.

Y si el amor del Eterno Padre para con el mundo llegó a tal extremo que por él entregó a la muerte a su unigénito Hijo (Jn., 3, 16), de María también se puede decir: de tal modo nos amó María, que nos dio a su unigénito Hijo.

Mas Ella, ¿cuándo lo entregó? Cuando, como dice el Padre Nieremberg, le dio licencia para ir a padecer; cuando, de todos los demás abandonado, por odio o por temor, hubiera podido defenderle delante de los jueces, y no lo hizo.

Que bien es creíble que las palabras de una Madre tan amante y discreta hubieran bastado a inclinar en su favor el ánimo de aquellos hombres, especialmente de Pilato, que conoció y confesó públicamente la inocencia de Jesús; pero la Madre no despegó sus labios por no impedir la muerte del que pendía la redención del mundo.

Finalmente, le entregó mil veces al pie de la cruz, porque durante tres horas de agonía no cesó de ofrecer la vida de su querido Hijo por nuestro remedio, con sumo dolor, pero también con tal resolución y constancia, que San Antonino llegó a decir (¡cosa que pasma!) que por sí misma le hubiera inmolado, a ser así la voluntad expresa del Eterno Padre.

Porque si la fortaleza de Abrahán fue tan grande, que iba ya a sacrificar a su hijo por cumplir el divino mandato, mucho más santa y obediente que Abrahán fue María.

¡Oh, qué agradecidos debemos estar a su excesivo amor! ¿Con qué se puede pagar una fineza semejante? Dios no dejó sin premio la obediencia del gran Patriarca; mas nosotros, ¿qué podíamos retribuir a la Madre por la vida de aquel Hijo incomparablemente más amado y excelente que Isaac?

Muy obligados nos tenéis, Señora, dice San Buenaventura, pues que nadie nos amó jamás tanto, habiendo ofrecido tan a costa vuestra, por nuestro bien, al Hijo a quien amabais más que a la propia vida.

4. De aquí nace otra de las razones de su amor, y es el ver que fuimos comprados con el precio de la sangre de Jesucristo.

¡Cuánto estimaría una madre a un cautivo rescatado por un hijo suyo a costa de veinte años de cárceles y trabajos! Mucho más nos aprecia María, que sabe muy bien que sólo por rescatarnos con su vida vino al mundo nuestro divino Redentor, según Él ¡mismo lo dijo (Le., 19, 10): Yo vine a salvar lo que habia perecido; y para salvarlo tuvo a bien entregar la propia vida.

Por lo cual, si esta Señora nos amase poco, no sería mostrar toda la estimación debida a tan preciosa sangre. Santa Isabel de Hungría, terciaria franciscana, tuvo revelación de que la Virgen, desde el día que se consagró a Dios en el templo, no cesó de pedir por nosotros, solicitando con instancia la pronta venida del Mesías. Pues ¿cuánto más debemos creer que nos ame ahora, después de vernos tan estimados y ya redimidos a tanta costa por su Hijo amantísimo?

Y como todos lo fuimos igualmente, no excluye a ninguno de su amor, ni a nadie deja de favorecer.

Vestida del sol la vio San Juan (Apoc., 12, 1), porque así como no hay en la tierra cosa que pueda esconderse del calor del astro (Ps., 18, 7), así no hay viviente privado del calor de María, esto es, de su amor.

¿Quién podrá comprender el cuidado que tiene de todos, siendo Madre tan amorosa? A todos, dice San Antonino, nos ofrece y dispensa su misericordia inagotable; a todos nos deseó la salvación eterna, cooperando eficazmente para que la alcanzásemos.

Por esto es útilísima la práctica de algunos devotos, los cuales, como atestigua el jesuíta Padre Salazar, tienen la costumbre de decir a Dios en sus oraciones: «Señor, dadme lo que pide por mí la santísima Virgen María»; y hacen bien en ello, dice el mismo autor, pues que nuestra Madre nos desea beneficios mucho mayores que los que nosotros podemos desear; y por igual razón le aplica San Alberto Magno aquellas palabras de la Sabiduría (6, 14):

Praeoccupat qui se concupiscunt, ut U lis se prior ostendat. Se anticipa y viene a buscar aun a los que no la buscan. Antes de llamarla ya está allí.

Pues si es tan benigna aun con los ingratos" e indolentes, que la aman poco, y no se cuidan de acudir a Ella, ¿cuál será su amor para con los que fervientemente la aman y de continuo la invocan? Fácilmente se deja ver de los que la aman (Sap., 6, 13).

¡Qué dulzura para nosotros hallarla tan llena de piedad y amor! No puede dejar de amar viéndose amada (Prov., 8, 17), mayormente a los que corresponden a su amor con mayor ternura; que bien conoce los que son, bien sabe distinguirlos entre los demás, llegando hasta presentarse a servir a los que le sirven, en expresión de un sabio religioso.

Hallábase próximo a la muerte, como cuenta la Crónica, Leonardo, de la Sagrada Orden de Predicadores, el cual había tenido la práctica de invocarla doscientas veces al día. De pronto, ve a su lado a una Reina hermosísima, que le dice: «Leonardo, ¿quieres venir conmigo donde mi Hijo está?» «¿Quién sois Vos?», preguntó el religioso.

«La Madre de misericordia —respondió la Virgen-, y pues que tantas veces me has llamado, ahora vengo por ti; vente conmigo al Cielo.» En esto expiró el religioso, dejando prendas tan envidiables de salvación.

¡Oh dulcísima Reina! ¡Felices los que os aman! Decía San Juan Berchmans, de la Compañía de Jesús: «Si amo a María, puedo estar seguro de la perseverancia, y todo cuanto quiera lo alcanzaré de Dios.» Por todo esto, el devotísimo joven no se cansaba nunca de repetir:

«Quiero amar a María.» Mas, aunque sus devotos la amen cuanto alcancen sus fuerzas, María los ama mucho más.

Ámenla tanto como San Estanislao de Kostka, cuyo amor era tan ferviente, que en empezando a hablar de la Virgen comunicaba su fervor a todos los presentes; tan ingenioso, que siempre estaba inventando nuevos nombres y títulos con que venerarla; tan continuo, que no empezaba ninguna cosa sin pedirle antes su bendición; tan afectuoso, que cuando rezaba su Oficio o el santo Rosario, u otras oraciones, parecía que la estaba viendo; tan tierno, que de sólo oír cantar la Salve se le inflamaba el pecho y el semblante; tan filial, que si le preguntaban que si le amaba mucho, respondía: «¿Cómo no la he de amar, si es mi Madre?», acompañando estas expresiones con aspecto y semblante de ángel.

— Ámenla tanto como el Beato Hermán, que le decía su amada esposa, con cuyo dulce nombre le había honrado la misma soberana Señora. — Tanto como San Felipe Neri, que sólo de pensar en Ella se llenaba su alma de consuelo, llamándola su delicia.— Tanto como San Buenaventura, que le decía, no sólo Madre y Señora, sino su corazón y su alma.

— Ámenla tanto como aquel su finísimo amante Bernardo, que con la fuerza del amor la llegó a llamar robadora de corazones, asegurando que el suyo de cierto se lo había robado.— Llámenla su querida, como San Bernardino, el cual, iba diariamente a una capilla suya, y allí pasaba con Ella las horas enteras en amoroso coloquio.

—Ámenla tanto como San Luis Gonzaga, que de sólo oírla nombrar se le encendía el corazón y el rostro. — Ámenla tanto como San Francisco Solano, que algunas veces, como fuera de sí, llevado de una santa locura, se ponía a cantar coplas cariñosas delante de una imagen, a semejanza de lo que hacen de noche los amantes del mundo.

Ámenla tanto como la amaron todos sus siervos, los cuales ya no sabían qué hacer en prueba de su amor: como el Padre Juan de Trejo, de la Compañía, que se llenaba de júbilo al considerarse esclavo suyo, y en testimonio de esclavitud iba muchas veces a visitarla a las iglesias, y allí bañaba el suelo con abundancia de lágrimas, besándole y limpiando el polvo con la cara y la lengua, por ser casa de su amada Señora; como el Padre Diego Martínez, también de la Compañía, que, en premio a su gran devoción a la celestial Señora, en todas sus festividades le llevaban los ángeles al Cielo, a que viese la solemnidad con que allí se celebraban, y al subir iba diciendo a voces:

«Quisiera tener todos los corazones de ángeles y santos para amar a María; quisiera tener las vidas de todos los hombres para darlas todas en obsequio de María»; protestando que de muy buena gana hubiera sufrido los mayores tormentos por que María no hubiese perdido (bien que no podía) un solo gramo de toda su grandeza, y que si ésta hubiera estado en su mano, toda se la hubiera cedido, por ser Ella incomparablemente más digna.

Amémosla como Carlos, hijo de Santa Brígida, que aseguraba no haber en el mundo cosa que más le llenase de gozo que el saber lo mucho que Dios amaba a María; o como San Alonso Rodríguez, que deseaba ardientemente dar la vida por Ella; o como Francisco Binans, religioso, y Santa Radegunda, reina, que se esculpieron en el pecho su dulce nombre.

Lleguen hasta a marcársele a fuego, como hicieron, arrebatados de amor, Juan Bautista Arquinto y Agustín Espinosa, ambos jesuitas.

Hagan, finalmente, todo lo que el amor más apasionado y ardiente les pueda inspirar, que nunca llegarán sus amantes a quererla tanto como Ella los ama. «Sé muy bien, Señora —decía un discípulo de San Bernardo —, que sois amantísima y que en el amar no os dejáis vencer de nadie.»

Se hallaba una vez delante de una imagen suya San Alonso Rodríguez, y sintiéndose abrasado en su amor, le dijo: «Madre mía, ¡si Vos me amarais tanto como os amo yo!» A lo cual respondió la Virgen:

«Eso no, Alonso: que, aunque es grande el amor que me tienes, es mucho más lo que yo te amo.» Tiene razón el piadoso autor del Salterio  Mariano para exclamar: «¡Felices los que son firmes en el amor de esta amabilísima Señora!»

Felices, porque siendo tan agradecida, no deja que nadie la exceda en el amor, imitando en esto, como en todo lo demás, a su Hijo santísimo, que en pago de cualquier obsequio vuelve duplicados los favores.

Exclamaré yo también, con San Anselmo: Derrítase mi corazón en el amor de Jesús y María.

Haced, Señor; haced, Madre mía, que llegue a amaros tanto como merecéis.

¡Oh Dios, enamorado de los hombres!, pues que disteis voluntariamente la vida por ellos, ¿podréis negar ahora vuestro amor a quien pide amaros con todo el corazón a Vos y a vuestra dulce Madre?

   


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