Sunday August 20,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

PARTE 1 de 3 »

Partes: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ]


1.- La misión futura: «Gran sueño», a la edad de 9 años

2.- Amonestación del Cielo

3.- Mirando hacia el porvenir

4.- El tema mensual

5.- Enfermedad de Antonio Bosco

6.- Sobre la elección de estado

7.- Sacerdote y Sastre

8.- El sueño a los 21 años

9.- La Pastorcilla y el rebaño

10.- El porvenir del Oratorio

11.- Los Mártires de Turín

12.- Suerte de dos jóvenes que abandonan el Oratorio

13.- Entrevista con Comollo y precio de un Cáliz

14.- El emparrado

15.- Encuentro con Carlos Alberto

16.- El porvenir de Cagliero

17.- El globo de fuego

18.- Grandes funerales en la corte, parte a

18.- Grandes funerales en la corte, parte b

19.- Las 22 lunas

20.- La rueda de la fortuna

21.- Mamá Margarita

22.- Los panes

23.- La marmotita

24.- El gigante fatal

25.- Documentos comprometedores

26.- Las catorce mesas

27.- Sobre el estado de las conciencias

28.- Mortal amenaza

29.- Un paseo al Paraíso

29.- Un paseo al Paraíso, parte b

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

30.- La linterna mágica, parte a

30.- La linterna mágica, parte b

30.- La linterna mágica, parte c

30.- La linterna mágica, parte d

31.- Las dos casas

32.- Las dos pinos

33.- El pañuelo de la virgen

34.- Las distracciones de la iglesia

35.- Los jugadores

36.- Predicción de una muerte, parte I

36.- Predicción de una muerte, parte II

37.- Las dos columnas

38.- El sacrilegio

39.- El caballo rojo

40.- La serpiente y el Ave María

41.- Los colaboradores de Don Bosco

42.- Asistencia a un niño muribundo

43.- El elefante blanco

44.- El bolso de la virgen

45.- Una muerte profetizada

46.- El foso y la serpiente

47.- Los cuervos y los niños

48.- Las diez colinas, parte a

48.- Las diez colinas, parte b

49.- La viña, parte a

49.- La viña, parte b


LA LINTERNA MÁGICA

SUEÑO 30.—AÑO DE 1861 PARTE III

La noche del cuatro de mayo [San] Juan Don Bosco se disponía a finali­zar la narración del sueño en el que había visto representados en el primer grupo a los alumnos estudiantes del Oratorio y en el segundo a los que eran llamados al estado eclesiástico.

Hemos llegado, pues, al tercer cuadro o visión en la que, en apariciones sucesivas [San] Juan Don Bosco vio a todos los que en 1861 die­ron su nombre a la Pía Sociedad de San Francisco de Sales; el prodigioso engrandecimiento de la misma y el lento ocaso de los primeros salesianos a los que habían de seguir los continuadores de la Obra.

El siervo de Dios aquella noche habló así:


Después de haber contemplado a mi placer la escena de la sie­ga, tan rica en detalles, el amable desconocido me dijo:

—Ahora dale diez vueltas a la rueda; cuéntalas y después mira a través de la lente.

Me puse a hacer lo que me había sido ordenado y tras haber dado la décima vuelta, me puse a mirar tras el cristal. Y he aquí que vi a los mismos jóvenes a los que recordaba haber contemplado días antes en edad adolescente, convertidos en adultos de aspecto viril; a otros con larga barba o con los cabellos blancos.

—Pero ¿cómo puede ser esto? Hace apenas unos días aquél era un niño al que casi se le podía tomar en brazos, ¿y hoy es ya tan mayor?

El amigo me contestó:

—Es natural; ¿cuántas vueltas has dado?

—Diez.

—Pues bien: del 61 al 71. Todos tienen ya diez años más de edad.

—¡Ah! ¡Comprendido!

Y como continuase observando a través d la lente pude ver panoramas desconocidos, casas nuevas que nos pertenecían y a mu­chos jóvenes dirigidos por mis queridos hijos del Oratorio, convert­idos ya en sacerdotes, en maestros, en directores, que se dedicaban a instruirles y proporcionarles honestas diversiones.

—Vuelve a dar otras diez vueltas —me dijo el personaje— y lle­garemos al 1881. Tomé el manubrio y la rueda dio otras diez vuel­tas. Miré y solamente vi a la mitad de los jóvenes que había contemplado la primera vez, casi todos ya con el pelo blanco y algu­nos un poco encorvados.

—¿Y los otros, dónde están?—, pregunté.

—Ya forman parte del número de los más— me respondió el guía.

Esta considerable disminución del número de mis muchachos me causó un vivo desasosiego, pero me consoló el contemplar en un cuadro inmenso, países nuevos y regiones desconocidas y una gran multitud de jóvenes bajo la custodia y dirección de nuevos maestros que dependían aún de mis primeros alumnos.

Después di otras diez vueltas a la rueda he aquí que solamente vi una cuarta parte de los jóvenes que había contemplado pocos momentos antes; todos ellos se habían trocado en ancianos de barbas y cabellos blancos.

—¿Y todos los demás?—, pregunté.

—Forman parte ya del número de los más. Estamos en 1891.

Y he aquí que ante mi vista se desarrolló una escena conmove­dora.

Mis hijos sacerdotes, agotados por la fatiga, estaban rodeados de niños, a los cuales yo no había visto nunca; muchos de fisonomía y de color distinto de los que habitualmente viven en nuestros paí­ses.

Di aún otras diez vueltas a la rueda y solamente pude ver un ter­cio de mis primitivos jóvenes, ya decrépitos, cargados de espaldas, desfigurados, macilentos, en los últimos años de su vida. Entre otros, me recuerdo haber visto a [Beato] Miguel Don Rúa, tan viejo y desfigurado que era difícil reconocerlo, ¡tanto había cambiado!

—¿Y los demás?—, pregunté.

—Pertenecen ya al número de los más. Estamos en 190Í.

En algunas casas no encontré a ninguno de los antiguos; maes­tros y directores me eran completamente desconocidos; la muche­dumbre de los jóvenes era cada vez más numerosa; las casas aumentaban cada vez más y el personal directivo había crecido tam­bién de una manera admirable.

—Ahora —continuó mi amable intérprete— darás otras diez vueltas y verás cosas que te llenarán de consuelo las unas, y otras que te proporcionarán una gran angustia.

Y di otras diez vueltas.

—¡Estamos en 1911!—, exclamó el misterioso amigo.

—¡Ah, mis queridos jóvenes! Vi nuevas casas, jóvenes nuevos, directores y maestros con hábitos y costumbres nuevas.

¿Y mis jóvenes del Oratorio de Turín? Busqué una y otra vez en­tre una gran muchedumbre de muchachos y solamente pude ver a uno de Vosotros con los cabellos blancos, consumido por la edad, ro­deado de una hermosa corona de jóvenes, a los cuales contaba los comienzos de nuestro Oratorio, recordándoles y repitiéndoles las cosas aprendidas de labios de [San] Juan Don Bosco; y les señalaba una foto­grafía que estaba colgada de la pared del locutorio. ¿Y los otros alumnos ancianos, los superiores de las casas que había visto ya en­vejecidos?

Tras una nueva señal tomé el manubrio y di algunas vueltas más. Después, solamente vi una llanura desolada sin ser viviente al­guno:

—¡Oh!, —exclamé aterrado—. ¡Ya no veo a ninguno de los míos! ¿Dónde están, pues, ahora todos los jóvenes a los cuales aco­gí y que eran tan vivarachos y robustos y los que se encuentran ac­tualmente conmigo en el Oratorio?

—Pertenecen ya al número de los más. Has de saber que han pasado diez años cada vez que hacías girar la rueda otras tantas ve­ces.

Hice la cuenta y resultó que habían transcurrido cincuenta años y que alrededor del 1911 todos los alumnos actuales del Oratorio habrían muerto.

—¿Quieres ver ahora otro espectáculo sorprendente?—me dijo aquel buen hombre.

—Sí— le respondí.

—Entonces presta atención si te agrada ver y saber algo más. Da una vuelta a la rueda en sentido contrario, y ahora cuenta tantas vueltas cuantas has dado anteriormente.

La rueda giró.

—¡Ahora, mira!—, me dijo el guía.

Miré y he aquí que vi ante mí una cantidad inmensa de jovencitos, todos desconocidos, de una infinita variedad de costumbres, pueblos, fisonomías y lenguas, de forma que por mucho que me es­forcé sólo pude apreciar una mínima parte de ellos con sus supe­riores, directores, maestros y asistentes.

—A éstos, en realidad, no los conozco— dije a mi guía.

—Pues a Pesar de ello —me respondió—, son hijos tuyos. Escú­chalos hablan de ti y de tus primeros hijos que fueron sus superiores y que ya no existen; recuerdan las enseñanzas que de ti y de ellos recibieron.

Seguí observando con atención, pero cuando aparté la vista de la lente, la rueda comenzó a girar por sí sola a tanta velocidad y ha­ciendo tal ruido, que me desperté, encontrándome en el lecho presa de un cansancio mortal.
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«A hora que les he contado estas cosas, Vosotros pensaráis:

—¡Quién sabe! A lo mejor [San] Juan Don Bosco es un hombre extraor­dinario, un personaje, tal vez un santo. Mis queridos jóvenes, para impedir que se susciten conversaciones necias en torno a mi persona, les dejo en plena libertad de creer o no creer en estas cosas, de darles más o menos importancia; sólo les ruego que no tomen nada de cuanto les he referido a risa al comentarlo, ya con los compañeros ya con personas de fuera. Me complace el decirles que el Señor dispone de muchos medios para manifestar a los hombres su voluntad. A veces se sirve de los instrumentos más ineptos e indignos, como se sirvió en otro tiempo de la bu­rra de Balaán haciéndola hablar y del falso profeta del mismo nombre, que predijo muchas cosas referentes al Mesías.

Por eso, lo mismo puede suceder conmigo. Les digo además que no se fijen en mis obras para regular las suyas. Lo que deben hacer es tomar en cuenta lo que les digo, pues tengo la certeza de que de esa forma cumplirán la voluntad de Dios y todo redun­dará en provecho de sus almas. Respecto a lo que hago, no digan nunca: Lo ha hecho [San] Juan Don Bosco y, por tanto, está bien; no. Ob­serven primero mis acciones, si ven que son buenas, imítenlas; si acaso me ven hacer algo que no está bien, guárdense mucho de imitarlo: deséchenlo como cosa mal hecha».

El efecto que produjo en el Oratorio el relato de este sueño lo sabremos por los que escucharon su relato de labios de Don Bosco.

El canónigo Jacinto Ballesio en su obrita: “Vita intima di Don Giovanni Bosco”, añadiendo algunos detalles omitidos por la cró­nica, escribe al comentar el sueño precedente: «[San] Juan Don Bosco era todo para nosotros e incluso durante el brevísimo tiempo que dedicaba al descanso, su pensamiento estaba fijo en sus hijos. El poeta cantó que "sogna il guerrier le schiere"; [San] Juan Don Bosco soñaba con sus jóvenes. Pero ¿qué digo soñar?, las de [San] Juan Don Bosco eran visiones celestiales.

El las narraba como sueños, pero yo y todos estábamos persuadidos de que se trataba de auténticas, de sorprendentes visiones. Recuerdo aquella en la que vio a los 400 muchachos del Oratorio, estudiantes y arte­sanos, en diversas actitudes y en circunstancias diferentes, que representaban el estado moral de cada uno. El [Santo] contó cuanto había visto, durante varias noches consecutivas, después de los oraciones, y lo hizo con tal viveza de colorido y con tal fuerza expresiva, que parecía un anuncio profético.

A algunos los vio resplandecientes de luz; a otros, con el alma y el corazón lleno de tierra; a otros, asediados, acompañados o ata­cados por animales diversos, símbolo de las tentaciones, de las ocasiones peligrosos y de los pecados. Este relato expuesto por [San] Juan Don Bosco con sencillez, gravedad y afecto paterno, dando al mismo tiempo mucha importancia a lo que decía, causó en to­dos la mayor y más saludable impresión. Todos los presentes, uno después de otro, quisieron saber de labios del siervo de Dios lo que sobre cada uno había visto, pudiendo comprobar con gran admiración que cuanto el buen padre les decía se adaptaba per­fectamente a la más estricta realidad.

En el Oratorio fue tan grande el saludable efecto de este rela­to, según se pudo apreciar por la conducta de los jóvenes, que mayor no se habría podido esperar de la más fructífera de las mi­siones. Todas estas cosas extraordinarias que apenas si he men­cionado, no se pueden achacar a una atenta observación de la vida ordinaria o a los conocimientos que el mismo [San] Juan Don Bosco hubiese podido recabar de las confidencias que le hacían los jóvenes o a las relaciones con sus colaboradores.

El [Santo] hablaba y obraba estas maravillas de tal modo, que a nosotros, que ya no éramos niños; no se nos ocurría otra explicación plau­sible o razonable, sino que se trataba de dones extraordinarios que el cielo le concedía. Y refiriéndonos simplemente al sueño o visión que acabamos de indicar, ¿cómo habría podido ver y recor­dar con tal exactitud el estado de cada uno de los cuatrocientos jóvenes, entre los cuales se hallaban los que acababan de ingre­sar en el Oratorio y otros muchos que no se confesaban con él, los cuales al oír de labios del [Santo], la descripción viva e íntima de sus almas, de sus inclinaciones y pasiones, de sus ac­tos más ocultos, reconocían que les había dicho la verdad?»

Escribe Mons. Cagliero: «Yo me encontraba presente cuando [San] Juan Don Bosco, en el año 1861, contó el sueño de la rueda, en el cual dio el porvenir de nuestra naciente Congregación. Narraba estos sueños, porque habiéndose aconsejado con [San] José Don Cafasso, éste le había dicho que siguiese adelante tuta concientia, en darles importancia, pues juzgaba que era para gloria de Dios y bien de las almas. Tal opinión la supimos de labios de [San] Juan Don Bosco sus amigos más íntimos, poco antes de la muerte de [San] José Don Cafasso.

La atención que prestaban los jóvenes a sus palabras causaba sorpresa e imponía en gran manera.

Entretanto [San] Juan Don Bosco, haciendo gala de una prodigiosa me­moria y de una extraordinaria lucidez mental, al ser interrogado sobre el particular reservadamente, sabía indicar el nombre del interesado y el oficio que en el campo de trigo desempeñábamos muchísimos de nosotros, dando al mismo tiempo la oportuna ex­plicación.

Empleó el [Santo] en contar este sueño tres noches consecutivas, sirviendo su relato para nuestros comentarios ge­nerales y dando pie para frecuentes conversaciones entre los jó­venes del Oratorio y nuestro buen padre, quedando todos persuadidos de que en él se le había manifestado, no sólo el por­venir del Oratorio, sino también de toda la Congregación. [San] Juan Don Bosco se complacía en repetir a sus íntimos las descripciones del campo cubierto de mieses ondulantes, de las diversas actitudes de los segadores y de los que distribuían las herramientas.

Aseguraba entonces que nuestra Pía Sociedad, tan combatida y obstaculizada, sería aprobada a pesar de todas las prob­abilidades en contra y que contra el parecer de muchos, conside­rados como personas doctas y prudentes, subsistiría, progresaría grandemente alcanzando un gran incremento; cosas todas que yo oí a mis compañeros y repetidas veces al mismo [Santo].»

Respecto a los tres jóvenes que tenían el monazo sobre las es­paldas, Don Francisco Dalmazzo atestiguaba con juramento: «Re­cuerdo muy bien que [San] Juan Don Bosco, hablando de éstos, añadía que si deseaban saber algo más concreto, se apresurasen a entrevistarse con él. Más de cincuenta muchachos del Oratorio se presentaron al buen padre, temerosos de tener en la conciencia alguna cosa oculta; pero [San] Juan Don Bosco dijo a cada uno de ellos:

—No eres tú.

Habiéndose encontrado después, casualmente, en el patio, en ocasiones distintas, con aquellos tres infelices, les advirtió de la realidad del desgraciado estado en que se encontraban. Uno de ellos era condiscípulo mío y me lo dijo a mí confidencialmen­te, manifestándome su admiración de que [San] Juan Don Bosco pudiese co­nocer aquellas cosas.

Por otra parte, yo también tuve algunas pruebas personales sobre la facilidad con que [San] Juan Don Bosco escudriñaba los corazones, pues repetidas veces me reveló el estado de mi conciencia sin que yo le hubiese preguntado nada. La misma impresión tenían algunos de mis compañeros, los cuales confesaron ingenuamen­te que, a pesar de haber callado en la confesión pecados graves, [San] Juan Don Bosco había sabido ponerles de manifiesto con toda preci­sión, el estado en que se encontraban.»

De uno de los cuatro encadenados tuvimos noticias por el teólogo Borel.

Habiendo ido dicho teólogo en 1866 a ejercer su ministerio a las cárceles, al regresar al Oratorio traía a [San] Juan Don Bosco un encargo de parte del joven Bec... di...; condenado por desertor del ejérci­to. El prisionero pedía al [Santo] "El joven instruido" y al mismo tiempo le mandaba a decir:

—¿Recuerda que me dijo que en el sueño de la rueda me ha­bía visto encadenado? Ciertamente yo era uno de los cuatro; pero he de comunicarle para su consuelo, que me encuentro en la prisión, no por haber cometido un delito, sino por haber huido del cuartel por serme insoportable la rigidez de la vida militar.

[San] Juan Don Bosco fue a visitarlo llevándolo al mismo tiempo el libro que le había pedido.

Además de la prisión, el [Santo], después de aquel sueño, le pronosticó que sufriría otras vicisitudes. Al terminar sus estudios se había despedido del buen padre, diciéndole que tenía intención de entrar en una Congregación religiosa.

—¡Quédate con nosotros!, —le aconsejó Don Bosco, querién­dole inducir a formar parte de la familia del Oratorio—. No te alejes de mí; aquí tendrás lo que deseas.

Pero el joven estaba resuelto a marcharse.

Si es así, márchate —concluyó el [Santo]—. Te harás jesuita, pero te mandarán a tu casa. Entrarás en los Capuchinos y no perseverarás. Finalmente, acuciado por el hambre y después de varias peripecias, volverás al Oratorio en demanda de un trozo de pan.

Todo esto parecía poco verosímil, pues el joven en cuestión disponía de un patrimonio de unas 60,000 liras y su familia era la más acomodada del pueblo. Mas a pesar de todo, sucedió al pie de la letra cuanto [San] Juan Don Bosco le había predicho.

Habiendo entrado primeramente en los jesuitas y después en los Capuchinos, no pudo adaptarse a las reglas siendo despedido tras un breve lapso de tiempo. Gastó el dinero de que disponía y después de algunos años apareció en el Oratorio en un estado de la más extrema miseria. Fue amablemente acogido, permaneció en él un año y se volvió a marchar, pues era muy amante de la vida bohemia. El mismo interesado contaba el cumplimiento de esta profecía en el año 1901.

[Contínua parte II]

 

 

   

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