Monday October 16,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

PARTE 1 de 3 »

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1.- La misión futura: «Gran sueño», a la edad de 9 años

2.- Amonestación del Cielo

3.- Mirando hacia el porvenir

4.- El tema mensual

5.- Enfermedad de Antonio Bosco

6.- Sobre la elección de estado

7.- Sacerdote y Sastre

8.- El sueño a los 21 años

9.- La Pastorcilla y el rebaño

10.- El porvenir del Oratorio

11.- Los Mártires de Turín

12.- Suerte de dos jóvenes que abandonan el Oratorio

13.- Entrevista con Comollo y precio de un Cáliz

14.- El emparrado

15.- Encuentro con Carlos Alberto

16.- El porvenir de Cagliero

17.- El globo de fuego

18.- Grandes funerales en la corte, parte a

18.- Grandes funerales en la corte, parte b

19.- Las 22 lunas

20.- La rueda de la fortuna

21.- Mamá Margarita

22.- Los panes

23.- La marmotita

24.- El gigante fatal

25.- Documentos comprometedores

26.- Las catorce mesas

27.- Sobre el estado de las conciencias

28.- Mortal amenaza

29.- Un paseo al Paraíso

29.- Un paseo al Paraíso, parte b

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

30.- La linterna mágica, parte a

30.- La linterna mágica, parte b

30.- La linterna mágica, parte c

30.- La linterna mágica, parte d

31.- Las dos casas

32.- Las dos pinos

33.- El pañuelo de la virgen

34.- Las distracciones de la iglesia

35.- Los jugadores

36.- Predicción de una muerte, parte I

36.- Predicción de una muerte, parte II

37.- Las dos columnas

38.- El sacrilegio

39.- El caballo rojo

40.- La serpiente y el Ave María

41.- Los colaboradores de Don Bosco

42.- Asistencia a un niño muribundo

43.- El elefante blanco

44.- El bolso de la virgen

45.- Una muerte profetizada

46.- El foso y la serpiente

47.- Los cuervos y los niños

48.- Las diez colinas, parte a

48.- Las diez colinas, parte b

49.- La viña, parte a

49.- La viña, parte b


PREDICCIÓN DE UNA MUERTE

SUEÑO 36.—AÑO DE 1862. Parte II

Don Bonetti, después de rellenar en la Crónica las lagunas de los meses de marzo y abril, prosigue su narración haciendo notar la realidad de la predicción hecha por [San] Juan Don Bosco al contar el sueño del 21 de marzo.

Había pasado ya un mes de tal vaticinio, mermando en algunos la saludable impresión que las palabras del siervo de Dios habían producido en sus ánimos. Muchos, en cambio, continuaban pregun­tándose:

—¿Quién morirá? ¿Cuándo morirá? La primera P correspon­diente a la fiesta de Pascua ha pasado.

Y he aquí que el 25 de abril muere improvisadamente de un ataque apoplético, el joven Victorio Maestro, de trece años de edad, natural de Viora, Mondoví.

Hasta el día de la predicción había gozado este joven —que era de extraordinaria virtud y encendida piedad Eucarística—, de una perfecta salud; pero desde hacía un par de semanas padecía una fuerte afección a los ojos, quedando por la noche privado por com­pleto de la vista, desde hacía dos o tres días padecía también un lige­ro dolor de estómago.

El médico le ordenó que por la mañana no se levantase con los demás, sino que descansase hasta más tarde.

[San] Juan Don Bosco, una mañana, habiéndoselo encontrado por la es­calera le preguntó:

—¿Quieres ir al Paraíso?

—Sí, sí,—, replicó Maestro.

—Pues bien; prepárate— añadió el siervo de Dios.

El joven miró a [San] Juan Don Bosco un poco turbado, pero creyendo que hablaba en broma, reaccionó inmediatamente.

Por lo demás, el buen padre, que estaba sobre aviso, iba prepa­rando al joven con prudentes consejos induciéndole a hacer su con­fesión general, después de la cual Maestro quedó contentísimo.

El 24 de abril un jovencito, al ver a Maestro sentado en un escaño de la enfermería, tuvo una singular idea y acercándose a [San] Juan Don Bosco le preguntó:

—¿Es cierto que el que se quiere morir es Maestro?

—¡Y yo qué sé! —replicó el[Santo]—, pregúntaselo a él.

El jovencito subió a la enfermería y lo preguntó a Maestro.

Este comenzó a reír y fue a pedirle a [San] Juan Don Bosco le dejase pa­sar unos días con la familia.

Con mucho gusto —replicó el buen padre—; pero antes de mar­char es necesario que el médico extienda un certificado de tu enfer­medad.

Esta respuesta sirvió de gran consuelo al joven que razonaba de esta manera:

—Tiene que morir uno en el Oratorio; si me marcho a mi casa es señal de que yo no soy; pasaré unas vacaciones más lar­gas y volveré curado.

El viernes 25, Maestro se levantó con los demás y después de asistir a la Santa Misa, volvió a su habitación; pero sintiéndose muy cansado se acostó, manifestando antes a los compañeros su satisfacción por marchar a casa.

Entretanto a las nueve sonó la señal para la clase, y los com­pañeros, después de despedirse de Maestro y desearle unas felices vacaciones y un buen regreso, marcharon a sus aulas mientras el enfermo quedó solo en el dormitorio. A las diez vino a verle el enfermero para comunicarle que el médico llegaría dentro de unos instantes, que se levantara y fuera a la enfermería para hablar con él y pedirle el certificado que le había dicho [San] Juan Don Bosco.

Poco después se oyó la señal de la llegada del médico y un joven de la habitación contigua a la del muchacho, que también estaba in­dispuesto, se acercó a la puerta del dormitorio de Maestro y dijo en alta voz:

—Maestro, Maestro, es hora de ir a la visita del médico

Lo llama una y otra vez y Maestro no responde. El compañe­ro creyó que se hubiera quedado dormido.

Entonces se acercó al lecho, lo toma por un brazo, lo vuelve a llamar, lo sacude, pero todo inútil: estaba inmóvil.

Imposible explicar el espanto del compañero; inmediatamen­te comenzó a gritar:

—¡Maestro ha muerto, Maestro ha muerto!

Corrió a comunicar la noticia a la enfermería y el primero con quien tropezó fue con [Beato] Miguel Don Rúa, el cual aun llegó a tiempo de darle la absolución al moribundo mientras exhalaba el último suspiro, se le comunicó después la desgracia a Don Alasonatti, y yo —dice Don Bonetti—fui a llamar a [San] Juan Don Bosco.

La noticia de aquel fallecimiento se esparció como un relám­pago por clases y talleres. Muchos acudieron al dormitorio y se arrodillaron ante el cadáver, rezando por el alma del difunto. Al­gunos esperaban que estuviese aún vivo, y se acercaron al lecho con tisanas y licores fuertes. Pero todo fue inútil. Cuando llegó [San] Juan Don Bosco apenas lo vio perdió toda esperanza: aquella vida se había apagado.

El pesar era general, especialmente porque Maestro se había ido de este mundo sin tener al lado ni un solo compañero.

[San] Juan Don Bosco, al contemplar la consternación que se había apode­rado de los jóvenes, los tranquilizó sobre la salvación eterna de Maestro.

Había comulgado el miércoles, y desde la festividad de los Santos hasta la fecha había observado una conducta tal, que daba a entender que aquel jovencito estaba preparado para morir.

Clérigos y jóvenes desfilaron ante el cadáver y al llorar su muerte, reconocían que con ella se había cumplido el sueño de [San] Juan Don Bosco.

El [Santo] habló por la noche a todos de tal forma, que arrancó lágrimas de los ojos de su auditorio. Hizo resaltar cómo Dios se había llevado a dos jóvenes del Oratorio en el espa­cio de nueve o diez días, sin que ninguno de los dos hubiese po­dido recibir los auxilios de la Religión».

—¡Cuan engañados están -—exclamaba— los que dicen que ajustarán sus cuentas al fin de la vida! Pero, demos gracias al Se­ñor que se ha dignado llamar a la eternidad a dos compañeros, los cuales, tenemos la seguridad de ello, se encontraban prepara­das para este paso. ¡Cuánto mayor sería nuestro dolor si el Se­ñor hubiese permitido que partiesen de nuestro lado otros que observan en casa una conducta poco satisfactoria!

Esta muerte fue una bendición del Señor. Durante la maña­na y la noche del sábado los jóvenes pedían en gran número ha­cer su Confesión general. [San] Juan Don Bosco los tranquilizaba dirigiéndoles algunas palabras.

Después dijo claramente:

—A Maestro fue al que vi en el sueño recibiendo el papelito de manos del espectro. Lo que me consuela grandemente es que él, como varios me aseguraron, se acercó a los Sacramentos en la misma mañana del viernes, de forma que su muerte fue repentina, pero no imprevista.

En la mañana del domingo 27 de abril, fue conducido al ce­menterio el cadáver del infortunado joven.

Cuando el siervo de Dios vio en el sueño al espectro presen­tando el billetito a Maestro, pudo apreciar que la escena se desa­rrollaba delante del portón que conducía al huerto; desde allí el misterioso personaje indicó al joven el ataúd colocado debajo de dicho portón, a pocos pasos de distancia.

Cuando llegaron los empleados de pompas fúnebres, pasan­do por la escalera central, transportaron el féretro hacia el lugar en que [San] Juan Don Bosco había visto al espectro y a su víctima; allí los fu­nerarios pidieron unos banquillos para colocar el ataúd, esperando al sacerdote y a los alumnos que habían de acompañar al cadáver al cementerio.                                  

Hemos de añadir que al llegar Don Cagliero y ver el féretro en aquel lugar, siendo así que en circunstancias análogas la costumbre había sido colocar el ataúd al final de los pórticos junto a la puerta de la escalera próxima a la iglesia, se mostró contrariado por aquella novedad, y tanto más al saber que los de la funeraria habían hecho llevar allí los banquillos que estaban colocados con anterioridad en el lugar tradicional. Por tanto Don Cagliero insistió para que la caja fuese llevada al sitio de costumbre, pero aquellos hombres des­pués de decir algunas palabras entre dientes, no quisieron mover el féretro de donde estaba.

En aquel instante [San] Juan Don Bosco salía de la iglesia y mirando conmovido la escena:

—¡Miren!, —dijo a Don Francesia y a algunos otros que estaban cer­ca de él— ¡qué coincidencia!... En el sueño vi la caja en ese mismo lugar.

Sobre este hecho nos dejó también una relación Don Segun­do Merlone.

Según él, aunque ninguno de los alumnos había llegado a sa­ber que el compañero que había de morir era Maestro, dos de la casa conocían el nombre del infortunado y algo más.

A fines de febrero murió un joven que hacía algún tiempo ha­bía salido del Oratorio. Dos clérigos veteranos, ordenados in sacris, uno de los cuales era Don Juan Cagliero, al enterarse de lo ocurrido, una mañana al subir las escaleras y al encontrarse con [San] Juan Don Bosco que bajaba al patio, le anunciaron esta pérdida para él siempre doloroso. [San] Juan Don Bosco respondió:

—No será ese solo; antes que pasen dos meses, deberán mo­rir otros dos.

Y añadió los nombres.

Con frecuencia el siervo de Dios hacía semejantes confiden­cias bajo secreto, a quien sabía dotados de prudencia, para que, sin que los jóvenes indicados se dieran cuenta, fueron por ellos amigablemente estimulados a observar buena conducta, a fre­cuentar los Sacramentos; y para que al mismo tiempo los vigila­sen teniéndolos apartados de todo peligro.

Ambos clérigos asumieron de buena gana este encargo de aquel custodio celestial, pero al mismo tiempo, tomando un tro­zo de papel escribieron la profecía, la fecha en que [San] Juan Don Bosco la había anunciado, los nombres de los interesados y después firma­ron. Seguidamente fueron a la Prefectura y, sellando el escrito, lo depositaron en ella para que fuese celosamente guardado.

Mons. Cagliero, cuarenta y siete años después, confirmó cuanto hemos dicho y recordaba la compasión que sintió a raíz de la revelación de [San] Juan Don Bosco, al ver a aquellos dos jovencitos correr alegremente de una parte a otra del patio entregados a sus juegos, sin sospechar lo más mínimo, sobre la muerte, aun­que no desgraciada, que les estaba reservada; y el cumplimiento de la profecía en el tiempo señalado y la emoción que experi­mentó el mismo Prefecto cuando se quitaron los sellos al papel escrito dos meses antes.

 

   

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