Thursday June 29,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

PARTE 1 de 3 »

Partes: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ]


1.- La misión futura: «Gran sueño», a la edad de 9 años

2.- Amonestación del Cielo

3.- Mirando hacia el porvenir

4.- El tema mensual

5.- Enfermedad de Antonio Bosco

6.- Sobre la elección de estado

7.- Sacerdote y Sastre

8.- El sueño a los 21 años

9.- La Pastorcilla y el rebaño

10.- El porvenir del Oratorio

11.- Los Mártires de Turín

12.- Suerte de dos jóvenes que abandonan el Oratorio

13.- Entrevista con Comollo y precio de un Cáliz

14.- El emparrado

15.- Encuentro con Carlos Alberto

16.- El porvenir de Cagliero

17.- El globo de fuego

18.- Grandes funerales en la corte, parte a

18.- Grandes funerales en la corte, parte b

19.- Las 22 lunas

20.- La rueda de la fortuna

21.- Mamá Margarita

22.- Los panes

23.- La marmotita

24.- El gigante fatal

25.- Documentos comprometedores

26.- Las catorce mesas

27.- Sobre el estado de las conciencias

28.- Mortal amenaza

29.- Un paseo al Paraíso

29.- Un paseo al Paraíso, parte b

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

30.- La linterna mágica, parte a

30.- La linterna mágica, parte b

30.- La linterna mágica, parte c

30.- La linterna mágica, parte d

31.- Las dos casas

32.- Las dos pinos

33.- El pañuelo de la virgen

34.- Las distracciones de la iglesia

35.- Los jugadores

36.- Predicción de una muerte, parte I

36.- Predicción de una muerte, parte II

37.- Las dos columnas

38.- El sacrilegio

39.- El caballo rojo

40.- La serpiente y el Ave María

41.- Los colaboradores de Don Bosco

42.- Asistencia a un niño muribundo

43.- El elefante blanco

44.- El bolso de la virgen

45.- Una muerte profetizada

46.- El foso y la serpiente

47.- Los cuervos y los niños

48.- Las diez colinas, parte a

48.- Las diez colinas, parte b

49.- La viña, parte a

49.- La viña, parte b


LA LINTERNA MÁGICA

SUEÑO 30.—AÑO DE 1861 PARTE I.

 Con singular acuerdo nos ofrecen numerosas crónicas particulares del Oratorio un sueño narrado por el mismo Don Bosco, en el cual vio su Obra de Valdocco y los frutos que produciría en el porvenir; el estado de las conciencias de sus alumnos; los que eran llamados al estado eclesiástico o a servir a Dios en la Pía Sociedad o a llevar vida de seglares y el porvenir de la naciente Congregación.

El siervo de Dios soñó, pues, la noche precedente al dos de mayo y el sueño le duró casi seis horas. Apenas amaneció se levantó del lecho para tomar algunos apuntes sobre las escenas principales y anotar los nombres de algunos personajes que había visto desfilar a través de su fantasía mientras dormía.

En la narración de dicho sueño invirtió tres buenas noches consecutivas, hablando a sus jóvenes desde la tribuna que le solian colocar debajo del pórtico una vez rezadas las oraciones de costumbre.

El dos de mayo estuvo hablando por espacio, casi, de tres cuartos de hora.

El exordio, como sucedía siempre que comenzaba una de estas narraciones, parece un poco confuso y extraño, lo que juzgamos natural, por razones que hemos expuesto ya en otros lugares y por las que someteremos al juicio de nuestros lectores.

Comenzó, pues, el siervo de Dios a hablar así a los jóvenes después de haberles anunciado el tema de sus buenas noches:

Este sueño se refiere solamente a los estudiantes. Muchísimas cosas de las que vi en él no sería capaz de describirlas, por falta de inteligencia y por insuficiencia de palabras.

Me parecía haber salido de mi casa de Becchi. Me dirigía por un sendero que conducía a un pueblo próximo a Castelnuovo, llamado Capriglio. Quería visitar un campo arenoso de nuestra propiedad, que estaba situado en un vallecillo detrás del caserío llamado Valcappone; la cosecha de este campo apenas si produce para pagar los impuestos. En mi niñez estuve varias veces trabajando en aquel sitio.

Había recorrido ya un buen trecho de camino, cuando cerca de aquel campo me encontré con un hombre como de unos cuarenta años, de estatura ordinaria, barba larga y bien cuidada y de rostro moreno. Vestía un traje que le llegaba hasta las rodillas, llevaba ceñidos los costados y sobre la cabeza una especie de gorrito blanco. Se hallaba en actitud de quien espera a alguien. El tal me saludó familiarmente como si yo fuese para él persona conocida desde mucho tiempo; después me preguntó:

—¿Adonde vas?

Mientras detenía el paso, le repliqué:

—Voy a ver un campo que tenemos por estos contornos. Y tú, ¿qué haces aquí?

—No seas curioso —me contestó—. No necesitas saberlo.

—Bien. Pero al menos haz el favor de decirme tu nombre y quién eres, pues, me he dado cuenta de que me conoces. Yo, en cambio, no te conozco.

—No hace falta que te diga ni mi nombre, ni mis cualidades. Ven. Prosigamos juntos.

Me puse en camino con él y después de avanzar unos pasos me vi en un extenso campo cubierto de higueras. Mi compañero me dijo:

—¿No ves qué hermosos higos hay aquí? Si quieres puedes coger y comer de ellos.

Yo le respondí maravillado:

—En este campo nunca hubo higos.

Y él añadió:

—Pues ahora los hay; ahí los tienes. —Pero no están maduros; todavía no es tiempo de higos. —Pues a pesar de ello, mira: los hay ya muy hermosos y en punto; si quieres probarlos date prisa porque se hace tarde.

Y como yo no me moviese, mi amigo insistió:

—Date prisa; no pierdas tiempo, que se acerca la noche. —Pero ¿por qué me das tanta prisa? No, no quiero higos; me agrada verlos, regalarlos, pero no me son agradables al paladar.

—Si es así, sigamos adelante; pero recuerda lo que dice el Evangelio de San Mateo, cuando habla de los grandes acontecimientos que sucederán a Jerusalén. Decía Cristo a los Apóstoles: Ab arbore fici discite parabolam. Cum jam ramus ejus tener fuerit et folia nata, scitis quia prope est aestas. Y ahora está muy cerca, puesto que los higos comienzan a madurar.

Reemprendimos la marcha y he aquí que apareció otro campo sembrado de viñas. El desconocido me dijo inmediatamente:

—¿Quieres uvas? Si no te agradan los higos, ahí tienes uvas: coge come.

—¡Oh! Ya las cogeremos a su tiempo en la viña.

—Pues aquí también las hay.

—¡A su tiempo!—, le respondí.

—Pero, ¿no ves cuánta uva madura?

-—¿Posible? ¿Y en esta estación?

—Pero date prisa, que se hace tarde y no hay tiempo que perder.

—¿Qué prisa tenemos? Con tal de que al final del día me encuentre en mi casa…

—Te repito que te des prisa, pues pronto se hace de noche.

—Si se hace de noche volverá otra vez el día.

—No es cierto; ya no volverá el día.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que quieres decir?

—Que se acerca la noche.

—Pero ¿de qué noche me estás hablando? ¿Quieres decir que debo preparar la mochila para partir? ¿Que debo ir pronto a mi eternidad?

—Se aproxima la noche: dispones de muy poco tiempo.

—Dime al menos si será pronto. ¿Cuándo he de partir?

—No seas tan curioso. Non plus sápere quam oportet sápere.

—Así decía mi madre a los entrometidos —pensé para mí—; y después proseguí en alta voz:

—Por ahora no quiero uvas.

Seguimos avanzando lentamente y tras breve caminar llegamos al campo de nuestra propiedad, en el qué encontramos a mí hermano José cargando un carro. Al verme se acercó para saludarme; después saludó a mi compañero, pero viendo que éste no respondía al saludo ni le hacía caso, me preguntó si el tal había sido condiscípulo mío:

—No —le dije—, es la primera vez que lo veo.

Entonces José le dirigió de nuevo la palabra diciéndole:

—Oiga, por favor, dígame su nombre; tenga la bondad de contestarme; que yo sepa con quién hablo.

Pero el guía continuaba sin hacerle caso. Mi hermano, extrañado, se dirigió nuevamente a mí para preguntarme:

—Pero ¿quién es éste?

—No lo sé, no ha querido decírmelo.

Ambos insistimos para que nos dijese de dónde venía, pero el otro volvió a repetir: Non plus sápere quam oportet sápere.

Entretanto mi hermano se había alejado y no volví a verle, mientras que el desconocido, dirigiéndose a mí, me dijo:

—¿Quieres ver algo extraordinario?

—De buena gana— respondí.

—¿Quieres ver a tus muchachos tal y como son actualmente? ¿Cómo serán en el futuro? ¿Quieres contarlos?

—¡Oh!, sí, sí.

—Ven, pues.

Entonces sacó no sé de dónde una gran máquina, que no sabría describir, la cual constaba de una gran rueda. Y mientras la colocaba en el suelo le pregunté:

—¿qué significa esa rueda?
—La eternidad en las manos de Dios— me respondió.

Y tomando la manivela de aquella rueda, la hizo girar. Después me dijo:

—Toma el manubrio y dale una vuelta.

Así lo hice y después mi acompañante añadió:

—Ahora mira dentro.

Observé la máquina y vi que tenía un gran cristal en forma de lente, casi de un metro y medio de diámetro, emplazado en el centro de la misma y fijo en la rueda. Alrededor de la lente se leía: Hic est óculus qui humilia réspicit in coelo et in térra.

Inmediatamente apliqué la cara a la lente. Miré y ¡oh, espectáculo maravilloso! Vi en el interior de aquel artefacto a todos los jóvenes del Oratorio.

—Pero ¿cómo es posible?—, me decía para mí. Hasta ahora no vi a ninguno de mis hijos en esta región y ahora los contemplo a todos reunidos. ¿Pero no están en Turín?

Miré por encima y a los lados de la máquina, pero fuera de la lente a nadie veía. Levanté el rostro para expresar mi admiración al compañero, pero apenas pasados unos instantes me ordenó que diese una segunda vuelta a la manivela, y vi una singular y extraña separación de jóvenes. A un lado los buenos y a otro los malos. Los primeros radiantes de felicidad; los otros, que afortunadamente no eran muchos, daban compasión. Yo los reconocí a todos, pero ¡qué distintos eran de lo que los compañeros creían! Unos tenían la lengua agujereada; otros los ojos completamente extraviados; quiénes sufrían dolor de cabeza producido por repugnantes úlceras, no faltando los que tenían el corazón roído por los gusanos. Cuanto más los miraba, más afligido me sentía.

—Pero ¿es posible que estos sean mis hijos?, —exclamé—. No comprendo lo que pueden significar estas extrañas enfermedades.

Al escuchar estas palabras, el que me había conducido a la rueda, me dijo:

—Escúchame: la lengua agujereada significa las malas conversaciones; la vista extraviada, los que interpretan o juzgan de una manera torcida los designios de Dios, prefiriendo la tierra al cielo; la cabeza enferma, representa el menosprecio de tus avisos y consejos y la satisfacción de los propios caprichos; los gusanos son las malas pasiones que corroen el corazón; también están ahí los sordos, los que no quieren escuchar tus palabras para no ponerlas en práctica.

Después me hizo una señal, y yo, dando una tercera vuelta a la rueda, apliqué el ojo a la lente del aparato. Vi entonces a cuatro jóvenes atados con gruesas cadenas. Los observé atentamente y los conocí a los cuatro. Pedí explicación al desconocido y me respon­dió:

—Lo puedes comprender fácilmente: son los que no escuchan tus consejos y si no cambian de conducta corren el peligro de ir a parar a la cárcel y acabar en ella sus días por sus delitos o graves desobediencias.

—Desearía tomar nota de sus nombres para no olvidarlos —le dije—, pero el amigo me respondió.
—No hace falta; están ya todos anotados; aquí los tienes escritos en este cuaderno.

Entonces me di cuenta de que mi acompañante tenía un cuadernillo en la mano. Me ordenó que diese otra vuelta al manubrio y después de hacerlo, me puse nuevamente a mirar. Vi a otros siete jóvenes, todos de aspecto huraño y desconfiado, con un candado que les cerraba los labios. Tres de ellos se tapaban también los oídos con las manos. Me separé entonces del cristal y quise anotar con lápiz sus nombres, pero aquel hombre me volvió a decir:

—No hace falta; aquí los tienes escritos en este cuaderno que llevo siempre conmigo. Y se opuso en absoluto a que yo escribiese. Yo, lleno de estupor y dolorido por aquella extraña actitud, pregunté el significado de aquel candado que cerraba los labios de aquellos infelices.
El me respondió:

—¿No lo entiendes? Estos son los que callan.

—Pero ¿qué es lo que callan?

—¡Callan!

Entonces comprendí que se trataba de la Confesión. Eran los que incluso, cuando el confesor les pregunta, no responden, o responden evasivamente, o faltan a la verdad. Dicen sí cuando deben responder no y viceversa.

El amigo continuó:

—¿Ves aquellos tres que además de llevar un candado en la boca se tapan los oídos con las manos? ¡Qué condición tan deplorable la suya! Esos son los que no solamente callan pecados en la confesión, sino que además no quieren escuchar en manera alguna los avisos, los consejos, las ordenes del confesor. Son los que no prestarán oído a tus palabras, aunque parezca que las escuchan y que estaban dispuestos a obrar diversamente. Podrían quitarse las manos de donde las tienen, pero no quieren hacerlo. Los otros cuatro escucharon tus consejos, tus exhortaciones, pero no se aprovecharon de ellas.

—¿Y cómo haría para quitarles ese candado?

—Ejiciatur superbia e córdibus eorum.

—Amonestaré a éstos —proseguí—, pero para los que se tapan los oídos con las manos hay pocas esperanzas.

Aquel hombre me dio después un consejo; a saber, que cuando dijese dos palabras desde el pulpito, una fuera sobre la manera de confesarse bien; y por mi parte prometí obedecerle. No diré que solamente hablaré de esto, porque me haría pesado, pero sí que inculcaré con frecuencia una máxima tan necesaria. En efecto, es mucho mayor el número de los que se condenan por confesarse mal que los que van al infierno por no confesarse, porque aun los malos alguna vez se confiesan, pero son muchísimos los que no se confiesan bien.

El personaje misterioso me hizo dar otra vuelta a la manivela.

Miré después y vi a otros tres jóvenes en una situación espantosa.

Cada uno de ellos tenía un mono enorme sobre las espaldas. Al observar atentamente pude comprobar que aquellos animales tenían cuernos. Cada uno de ellos con las patas delanteras apretaban fuertemente las gargantas de sus infelices víctimas de forma que el rostro de aquellos desgraciados muchachos se tomaba de un color rojo sanguinolento, y sus ojos, inyectados en sangre, parecía que iban a saltar de sus órbitas. Con las patas de atrás les apretaban los muslos de manera que a duras penas les consentían moverse y con la cola, que les llegaba hasta el suelo, les enredaban las piernas hasta el punto que les hacían imposible el caminar. Esto representaba a los jóvenes que después de los ejercicios espirituales continúan en pecado mortal, especialmente contra la pureza y la modestia, habiéndose hecho reos en materia grave contra el sexto mandamiento.

El demonio les apretaba la garganta para no dejarles hablar cuando debían hacerlo; les hacía enrojecer hasta perder la cabeza, y proceder de una manera irracional, haciéndoles esclavos de una vergüenza fatídica, que, en lugar de conducirlos a la salvación, los lleva a la ruina. Mediante sus estratagemas les hacen saltar los ojos de las órbitas, para que no puedan ver sus miserias y los medios para salir del estado miserable en que se encuentran, haciéndoles víctimas de su aprensión y repugnancia hacia los Santos Sacramentos.

Los tienen aprisionados por los muslos y por las piernas., para que no puedan moverse ni dar un paso por el camino del bien; tal es el predominio de la pasión, a causa del hábito contraído, que llegan a creer imposible la enmienda.

Les aseguro, queridos jóvenes, que derramé abundantes lágrimas al contemplar aquel espectáculo. Habría deseado precipitarme a salvar a aquéllos infelices, pero apenas me separaba de la lente, nada veía. Quise entonces tomar nota de los nombres de los tres desgraciados, pero el amigo me replicó:

—Es inútil, pues están ya escritos en este libro que tengo en la mano.

Entonces, con el corazón lleno de una emoción indecible y con lágrimas en los ojos, me volví al compañero y le dije.

—Pero ¿es posible que se encuentren en semejante estado estos tres pobres jóvenes a los cuales he dado tantos consejos y a los que tantos cuidados he dedicado en la confesión y fuera de ella?

Y seguidamente le pregunté qué es lo que deberían hacer para arrojar de encima a tan horribles monstruos.

Entonces, mi compañero, comenzó a decir muy de prisa y entre dientes estas palabras: Labor, sudor, fervor.

—Es inútil; si hablas así no te entenderé nada.

¡Vaya! Estás acostumbrado al empeño de las gramáticas y al uso de las construcciones en las clases ¿y no comprendes? Presta atención: Labor, punto y coma; sudor, punto y coma; fervor, punto. ¿Has entendido?

—He comprendido el sentido material de las palabras, pero es necesario que tú me digas el significado.

Y el guía continuó:

Labor in assiduis opéribus; sudor in poenitentiis continuis; fervor in oratiónibus fervéntibus et perseverántibus. Pero, por estos es inútil que te sacrifiques; no conseguirás ganártelos, pues no quieren sacudir el yugo de Satanás, del cual son esclavos.
Entretanto, yo seguía mirando por la lente y me atormentaba pensando:

—Pero ¿todos éstos se han de perder irremisiblemente? ¿Es posible? ¿Aun después de haber hecho los ejercicios espirituales? ¿También aquéllos? ¿Y aquellos otros? ¿Después de haber hecho tanto por ellos... después de haber trabajado tanto..., después de tantos sermones... después de tantos consejos como les he dado... ¡y de tantas promesas!..., después de haberles avisado tantas veces? ¡Jamás me habría esperado semejante desengaño! Y no encontraba punto de reposo.

Entonces mi intérprete comenzó a reprenderme:

—¡Oh, el soberbio! ¿Y quién eres tú para pretender convertir a las almas con tu trabajo? ¿Porque amas a los jóvenes pretendes que correspondan a tus desvelos? ¿Acaso crees que amas más a las al­mas que Nuestro Divino Salvador y que has sufrido y padecido por ellas más que El? ¿Piensas que tu palabra es más eficaz que la de Je­sucristo? ¿Acaso predicas tú mejor que El? ¿Te imaginas que has tenido mayor caridad y que tu solicitud ha sido más grande para con tus jóvenes que la que El empleó para con sus Apóstoles?

Tú sabes que vivían con El continuamente, que gozaban ininterrumpidamente del cúmulo de sus beneficios, que oían día y noche sus amonestaciones y los preceptos de su doctrina, que contemplaban sus obras que debían ser un vivo estímulo para la santificación de sus costumbres.

¡Cuánto no hizo y dijo en favor de Judas Iscariotes! Y, con todo, Judas Iscariotes le traicionó y murió impenitente [y ahora esta en infierno – Gehenna]. ¿Eres tú acaso mejor que los Apóstoles? Pues bien, los Apóstoles eligieron siete diáconos, solamente siete, seleccionados con la mayor solicitud, y, con todo, uno prevaricó. ¿Y tú, entre quinientos, te maravillas de este pequeño número que no corresponde a tus cuidados? ¿Pretendes conseguir que entre ellos no haya ninguno malo, ningún pervertido? ¡Oh, el soberbio!

Al oír esto callé, pero no sin sentir mi alma oprimida por el dolor.

—Por lo demás, consuélate— prosiguió aquel hombre, viéndome tan abatido. Y me hizo dar otra vuelta a la rueda, mientras decía:

—¡Admira la generosidad de Dios! Observa cuántas almas te quiere regalar. ¿Ves ese gran número de jóvenes?
Volví a mirar a través de la lente y vi una muchedumbre inmensa de jóvenes, a los cuales desconocía por completo.

—Sí, los veo —respondí—, pero no los conozco.

—Pues bien, éstos son los que el Señor te dará en lugar de aquellos que no corresponden a tus cuidados. Ten presente que por cada uno de ellos el Señor te dará cien.

—¡Ah! ¡Pobre de mí!, —exclamé—; tengo la casa llena; ¿dónde colocaré a todos estos jóvenes nuevos?

—No te preocupes. Por ahora tienes sitio para todos. Más adelante, Aquel que te los envía, te indicará dónde los tienes que albergar. El mismo te proporcionará el sitio.

—No es tanto el lugar donde colocarlos lo que me preocupa, cuanto la manera de darles de comer.

No pienses ahora en eso; el Señor proveerá.

—Si es así, perfectamente— repliqué lleno de consuelo.

Y observando durante largo rato y con gran complacencia a aquellos jóvenes, retuve la fisonomía de muchos de ellos, de forma que ahora los reconocería si los volviese a ver.

Y ahí terminó de hablar [San] Juan Don Bosco en la noche del dos de mayo.

[Contínua parte II]

 

 

   

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