Sunday March 26,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

PARTE 1 de 3 »

Partes: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ]


1.- La misión futura: «Gran sueño», a la edad de 9 años

2.- Amonestación del Cielo

3.- Mirando hacia el porvenir

4.- El tema mensual

5.- Enfermedad de Antonio Bosco

6.- Sobre la elección de estado

7.- Sacerdote y Sastre

8.- El sueño a los 21 años

9.- La Pastorcilla y el rebaño

10.- El porvenir del Oratorio

11.- Los Mártires de Turín

12.- Suerte de dos jóvenes que abandonan el Oratorio

13.- Entrevista con Comollo y precio de un Cáliz

14.- El emparrado

15.- Encuentro con Carlos Alberto

16.- El porvenir de Cagliero

17.- El globo de fuego

18.- Grandes funerales en la corte, parte a

18.- Grandes funerales en la corte, parte b

19.- Las 22 lunas

20.- La rueda de la fortuna

21.- Mamá Margarita

22.- Los panes

23.- La marmotita

24.- El gigante fatal

25.- Documentos comprometedores

26.- Las catorce mesas

27.- Sobre el estado de las conciencias

28.- Mortal amenaza

29.- Un paseo al Paraíso

29.- Un paseo al Paraíso, parte b

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

30.- La linterna mágica, parte a

30.- La linterna mágica, parte b

30.- La linterna mágica, parte c

30.- La linterna mágica, parte d

31.- Las dos casas

32.- Las dos pinos

33.- El pañuelo de la virgen

34.- Las distracciones de la iglesia

35.- Los jugadores

36.- Predicción de una muerte, parte I

36.- Predicción de una muerte, parte II

37.- Las dos columnas

38.- El sacrilegio

39.- El caballo rojo

40.- La serpiente y el Ave María

41.- Los colaboradores de Don Bosco

42.- Asistencia a un niño muribundo

43.- El elefante blanco

44.- El bolso de la virgen

45.- Una muerte profetizada

46.- El foso y la serpiente

47.- Los cuervos y los niños

48.- Las diez colinas, parte a

48.- Las diez colinas, parte b

49.- La viña, parte a

49.- La viña, parte b


LA VIÑA

SUEÑO 49.—AÑO DE 1865 PARTE II.

Entramos en una habitación y me acerqué al paciente; comencé a confesarlo, pero viendo que se iba debilitando poco a poco y temiendo que se muriese sin la absolución, corté por lo sano y se la di.

Apenas lo hube hecho, el desgraciado murió. Su cadáver comen­zó inmediatamente a despedir mal olor, hasta tal punto que era im­posible soportarlo.

Entonces dije que era necesario enterrarlo cuanto antes y pregunté por qué hedía de aquel modo. Me fue res­pondido:

—El que muere tan pronto, pronto es juzgado.

Salí de allí. Me sentía muy cansado y pedí que me dejasen des­cansar.

Me aseguraron que inmediatamente sería complacido y me hi­cieron subir por una escalera que conducía a otra habitación.

Al entrar en ella vi a dos jóvenes del Oratorio que hablaban en­tre sí; uno de ellos tenía un envoltorio. Les pregunté:

—¿Qué tienes ahí? ¿ Qué haces aquí?

Me pidieron excusas por encontrarse en aquel lugar, pero no me respondieron a lo que les había preguntado. Yo les volví a decir:

—Les he preguntado que por qué se encuentran aquí.

Ellos se miraron y después me dijeron que prestase atención.
Seguidamente abrieron el envoltorio y sacaron de él, extendién­dolo, un paño fúnebre. Yo miré a mi alrededor y vi en un rincón tendido y muerto a un joven del Oratorio. Pero no lo reconocí.

Pregunté a los dos jóvenes quién era, pero se excusaron y no me lo quisieron decir. Me acerqué al cadáver; observé su rostro: por un lado me parecía conocerlo, y por otro, no; así que no pude iden­tificarlo.

Decidido entonces a saber quién era, fuere como fuere, bajé de nuevo la escalera y me encontré en el gran salón. La multi­tud de gente desconocida había desaparecido y en su lugar estaban los jóvenes del Oratorio. Apenas éstos me vieron se apiñaron a mi alrededor diciéndome:

—Don Bosco, Don Bosco, ¿no sabe? Ha muerto un joven del Oratorio.

Yo les pregunté el nombre del difunto y ninguno quiso contest­arme; los unos me mandaban a los otros, nadie quería hablar.

Pre­gunté con mayor insistencia, pero se excusaban y no me lo querían decir. En tal estado de inquietud, después de haber fracasado en mi intento, me desperté encontrándome en mi lecho.

El sueño había durado toda la noche, y por la mañana me en­contré tan cansado y maltrecho que en realidad parecía que había estado viajando toda la noche.

Deseo que las cosas que les cuento no salgan del Oratorio; hablen de ellas entre Vosotros todo cuanto quieran, pero que queden siempre en casa.

Al día siguiente de haber contado este sueño, [San] Juan Don Bosco mar­chó a Lanzo para visitar el Colegio allí existente, y habiendo regre­sado el 18 al Oratorio, después de las oraciones, dijo a los jóvenes, entre otras cosas:

«Ciertamente que desearán saber algo sobre el sueño que les conté antes de mi marcha. Solamente les voy a explicar el signi­ficado de la perdiz y de la codorniz.

La perdiz es la repre­sentación de la virtud, y la codorniz, del vicio. Esto último lo pueden deducir del hecho de que la codorniz fuera tan bella exteriormente y después, vista de cerca, apareciera cubierta de lla­gas debajo de las alas y despidiera un hedor insoportable: todas estas cosas representan las acciones deshonestas.

Entre los jóve­nes, unos comían con avidez y glotonería la carne de la codorniz, a pesar de estar en mal estado; son los que se entregan al vicio del pecado. Los que preferían la perdiz son los que tienten te­mor a la virtud y la practican.

Algunos tenían en una mano la perdiz y en la otra la codorniz, y comían de esta última; son los que conociendo la belleza de la virtud no quieren aprovecharse de la gracia de Dios para hacerse buenos.

Otros, teniendo en una mano la perdiz y en la otra la codorniz, comían la perdiz, lanzando miradas codiciosas a la codorniz; tales son los que siguen la virtud pero con desgana, como por fuerza; de éstos se puede asegurar que si no cambian de proceder, una vez u otra caerán.

Otros comían la perdiz mientras veían a la codorniz saltar delan­te de ellos sin darle importancia ni hacer caso; son ¡os que si­guen la senda de la virtud y aborrecen el vicio, considerándolo con desprecio.

Otros comían un poco de codorniz y un poco de perdiz, y son los que alternan entre el vicio y la virtud y así se engañan con la esperanza de no ser tan malos.

Vosotros me diréis: ¿Quién de nosotros comió la codorniz y quién la perdiz? A muchos ya se lo he dicho; los demás, si quie­ren saberlo, que vengan a verme y se lo diré».

He aquí el comentario de Don Lemoyne:

«¿Qué diremos nosotros del sueño anteriormente referido?

[San] Juan Don Bosco, según su costumbre, no refirió todas sus circuns­tancias; no dio todas las explicaciones, limitándose a lo relacio­nado con la conducta de sus jovencitos y a alguna previsión sobre el porvenir. Y, con todo, estudiando sus palabras, si no nos equivocamos, vemos que en ellas resaltan tres ideas; El Ora­torio, la Pía Sociedad y las Ordenes Religiosas.

Vamos a exponer algunos de nuestros pensamientos, remi­tiéndonos al juicio de los más expertos:

1º —La viña es el Oratorio. [San] Juan Don Bosco, en efecto, distribuye como dueño, toda suerte de frutas a los jóvenes. Se trata de una de aquellas viñas espirituales predichas por Isaías en el Capítulo XLV: "Plantarán las viñas y comerán el fruto. Plantabunt vineas et comedent fructus earum. La escena sucede evidentemente en ple­na vendimia.

2º —El viaje de [San] Juan Don Bosco; el consejo del dueño de la viña, a saber, que los más robustos, o sea los Salesianos, llevasen sobre sus hombros a los más pequeños, ¿no podría indicar la necesidad de que el tirocinio espiritual de los congregantes no estuviese del todo separado de la vida activa?

Y el sendero de la viña que bordea el camino, siguiendo la misma dirección e idéntica meta, ¿no puede simbolizar el nuevo instituto fundado por [San] Juan Don Bosco?

3º —La perdiz. Uno de los caracteres de este animal es la as­tucia. Cornelio a Lapide comentando el capítulo XVII de Jeremías, cita la epístola XLVII de San Ambrosio, en la que se describen la astucia y artes, a veces afortunadas, de la perdiz para huir del caza­dor y para salvar su nido. La frase que con frecuencia solía [San] Juan Don Bosco repetir a sus hijos, era precisamente ésta ¡Sed astutos! Con esto les quería indicar, como medio para huir de los lazos del demonio, el recuerdo de la eternidad.

4º —La codorniz. El vicio de la gula es la muerte de las vocacio­nes.

5º —La gran sala y la multitud que la ocupaba, personas to­das desconocidas para el [Santo], debían tener un significado especial y alguna particularidad interesante. [San] Juan Don Bosco no creyó oportuno decir palabra alguna sobre ello. ¿No podría tener relación con la futura obra de los Cooperadores Salesianos?

6º —En cuanto al enfermo moribundo, [San] Juan Don Bosco nos dijo al­gún tiempo después a nosotros los sacerdotes: «Era un ex alumno del Oratorio de! que quiero pedir informes para ver si en realidad ha muerto».

7º —¿Y el joven muerto? Parece que se trata de Don Ruffino, tan amado por [San] Juan Don Bosco; lo que explicaría la actitud de los jó­venes al no querer comunicar la noticia.

El [Santo] no lo reconoció; en cambio, el sueño lo preparaba para tan sentida pérdida, sin amargarle con una doloroso realidad. 

Don Ruffino era un ángel de virtud y en aquellos días se en­contraba bien. Pero murió el 16 de julio de aquel mismo año.

Expuestas nuestras opiniones —concluye Don Lemoyne—, dejando que unusquisque abundet in sensu suo, continuemos fe lectura de cuanto nos ofrecen las crónicas.

 

   

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