Monday December 11,2017
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LOS SUEÑOS DE
SAN JUAN BOSCO

San Juan Bosco

Fuente: Reina del Cielo

PARTE 1 de 3 »

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1.- La misión futura: «Gran sueño», a la edad de 9 años

2.- Amonestación del Cielo

3.- Mirando hacia el porvenir

4.- El tema mensual

5.- Enfermedad de Antonio Bosco

6.- Sobre la elección de estado

7.- Sacerdote y Sastre

8.- El sueño a los 21 años

9.- La Pastorcilla y el rebaño

10.- El porvenir del Oratorio

11.- Los Mártires de Turín

12.- Suerte de dos jóvenes que abandonan el Oratorio

13.- Entrevista con Comollo y precio de un Cáliz

14.- El emparrado

15.- Encuentro con Carlos Alberto

16.- El porvenir de Cagliero

17.- El globo de fuego

18.- Grandes funerales en la corte, parte a

18.- Grandes funerales en la corte, parte b

19.- Las 22 lunas

20.- La rueda de la fortuna

21.- Mamá Margarita

22.- Los panes

23.- La marmotita

24.- El gigante fatal

25.- Documentos comprometedores

26.- Las catorce mesas

27.- Sobre el estado de las conciencias

28.- Mortal amenaza

29.- Un paseo al Paraíso

29.- Un paseo al Paraíso, parte b

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

29.- Un paseo al Paraíso, parte c

30.- La linterna mágica, parte a

30.- La linterna mágica, parte b

30.- La linterna mágica, parte c

30.- La linterna mágica, parte d

31.- Las dos casas

32.- Las dos pinos

33.- El pañuelo de la virgen

34.- Las distracciones de la iglesia

35.- Los jugadores

36.- Predicción de una muerte, parte I

36.- Predicción de una muerte, parte II

37.- Las dos columnas

38.- El sacrilegio

39.- El caballo rojo

40.- La serpiente y el Ave María

41.- Los colaboradores de Don Bosco

42.- Asistencia a un niño muribundo

43.- El elefante blanco

44.- El bolso de la virgen

45.- Una muerte profetizada

46.- El foso y la serpiente

47.- Los cuervos y los niños

48.- Las diez colinas, parte a

48.- Las diez colinas, parte b

49.- La viña, parte a

49.- La viña, parte b


AMONESTACIÓN DEL CIELO

SUEÑO 2.—AÑO DE 1830.


«Por aquel tiempo tuve otro sueño, en el cual fui severamente amonestado, por haber puesto mi esperanza en los hombres y no en el Padre Celestial».

Para comprender el significado de estas palabras, hemos de recordar un hecho decisivo de la niñez del soñador.

Era una tarde del año 1825; volvía Juan de Butigliera, alegre aldea próxima a Becchi. Había ido sólo con el piadoso fin de asistir a una Misión que allí se daba, para disponer a los fieles a lucrar el Jubileo del Año Santo, concedido por León XII y extendido ya al orbe católico.

Su porte era grave y sereno; su compostura y recogimiento, llamaron poderosamente la atención de un sacerdote que le seguía: Don José Calosso, capellán a la sazón de la aldea de Murialdo. El sacerdote, haciendo al niño señal de que se le acercara, le preguntó quién era, de dónde venía y por qué siendo de tan corta edad acudía a los sermones de la Misión, añadiendo:

—Seguramente tu madre te habría hecho una plática mejor y más adecuada a tu edad y condición.

Juanito afirmó que, en efecto, las pláticas de su madre eran muy provechosas, pero que a él le agradaba oír a los misioneros; a los cuales entendía perfectamente, y para demostrarlo fue repitiendo al sacerdote, casi literalmente, los sermones oídos punto por punto.

Maravillado el virtuoso capellán de las dotes de ingenio del pequeño, le preguntó emocionado:
—¿Te gustaría estudiar?

—¡Mucho! —replicó Juanito—. Pero no puedo.

—¿Quién te lo impide?

—Mi hermano Antonio, pues dice que estudiar es perder el tiempo; que es mejor que me dedique a las faenas del campo.

—¿Y tú, para qué querrías estudiar?

—Para llegar a ser sacerdote.

—¿Y para qué deseas ser sacerdote?

—Para poder instruir a muchos de mis compañeros que no son malos, pero que llegarán a serlo si nadie se ocupa de ellos.

Don Calosso, conmovido ante semejante manera de razonar, tomó bajo su protección al niño, dándole clase durante los inviernos de 1827 y 1828.

Mas una mañana de otoño de 1830, mientras Juan se encontraba en su aldea nativa visitando a su madre, recibe aviso de volver rápidamente a Murialdo, pues su buen maestro Don Calosso, atacado repentinamente de enfermedad mortal, le llama con urgencia. Voló Juan al lado de su bienhechor, al que encontró desgraciadamente en el lecho, perdido ya el uso de la palabra.

El moribundo pudo reconocer al amado discípulo a quien hizo señal de aproximarse, y haciendo un esfuerzo supremo le consignó una llave que guardaba debajo de la almohada, señalando a la vez la mesa de su escritorio. El discípulo tomó la llave, se arrodilló junto al lecho de su bienhechor y allí permaneció afligido y suplicante hasta que el maestro, el amigo de su alma hubo espirado, sin haber podido articular palabra.

Muerto Don Calosso, llegaron los sobrinos; Juan les entregó la llave recibida de su maestro diciendo:

—Vuestro tío me entregó esta llave indicándome que no se la diera a nadie. Varias personas me aseguran que es mío cuanto bajo ella se contiene, pero Don Calosso nada me dijo expresamente. Prefiero mi pobreza a ser causa de disgustos. Ellos tomaron la llave y cuanto bajo ella había.

La muerte del bienhechor fue un verdadero desastre para Juan. Amaba a Don Calosso tiernamente. Su recuerdo quedó grabado para siempre en su alma, dejando consignados estos sentimientos en sus Memorias con estas palabras:

«Siempre he rogado a Dios por este bienhechor mío, y, mientras viva, no dejaré de rezar por él».

Conocido este episodio y el estado de ánimo del joven estudiante, es fácil comprender el significado y alcance de este sueño.

 

   

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