Monday October 23,2017
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Santisima Virgen Maria

  
IMITACION DE MARIA
Por Tomás de Kempis
  



»  Introducción

LIBRO PRIMERO
Encontrar a María

1»  Capítulo I
Cómo saludar a la gloriosa Virgen

2»  Capítulo II
El consuelo de la Virgen María

3»  Capítulo III
El recuerdo y la invocación de la Santísima Virgen María

LIBRO SEGUNDO:
Conocer a María

4»  Capítulo I
María y el misterio de la encarnación

5»  Capítulo II
María durante la infancia de Jesús

6»  Capítulo III
La pérdida y el hallazgo de Jesús

7»  Capítulo IV
Mujer, aquí tienes a tu hijo

8»  Capítulo V
La comunión de María con Jesús

9»  Capítulo VI
Oraciones a María que llora junto a la cruz

10»  Capítulo VII
María y el misterio de la resurrección

11»  Capítulo VIII
María medianera de la gracia

LIBRO TERCERO:
Amar a María

12»  Capítulo I
A Jesús con María

13»  Capítulo II
Eficacia del Ave María

14»  Capítulo III
Efectos de la devoción a María

15»  Capítulo IV
Recuerdo y devoción de María

16»  Capítulo V
Dolores y consuelos de María

17»  Capítulo VI
María nos muestra su Hijo Jesús

18»  Capítulo VII
Invocación de los santos nombres de Jesús y de la Bienaventurada Virgen

LIBRO CUARTO:
Rogar y Cantar a María

19»  Capítulo I
Oración para el amor y la alabanza de la Bienaventurada Virgen María

20»  Capítulo II
Oración ante los sufrimientos de Cristo y de su Madre

21»  Capítulo III
Oración a la Bienaventurada Virgen para obtener consuelo

22»  Capítulo IV
Oración a la Bienaventurada Virgen María cuando surge una tribulación

23»  Capítulo V
Oración a la Bienaventurada Virgen para la hora de la muerte

Capítulo VI:
Cantos a María

24»  Quién es María

25»  Tierna jovencita

26»  Poesía sobre la Bienaventurada
Virgen

27»  María prefigurada

28»  La Navidad

29»  Gema de pudor

30»  La belleza de María

31»  María nuestra salvación

32»  Mira a la Estrella

33»  Haznos dignos

34»  La Madre de la misericordia

35»  La excelencia de María

36»  Salve, Reina de los cielos

37»  "Salve, oh bellísima"

38»  "Alégrate, oh Reina del cielo"

39»  María Reina y Puerta del cielo

40»  Reina y Señora del mundo

 

 

LIBRO SEGUNDO
Conocer a María
6» Capítulo III
La pérdida y el hallazgo de Jesús 


1) El hijo. No siempre se encuentra Jesús donde se lo busca; pero con frecuencia se lo encuentra donde menos se cree. Por eso, que nadie presuma de ser el único en poseer a Jesús; que nadie desprecie a otro, porque ignora en qué medida puede agradar internamente a Dios, realidad esta que escapa a los hombres, aun cuando por su exterior pueda él parecer un individuo insignificante.

2) Por consiguiente, no debe parecerme una cosa extraña ni una novedad que yo pierda a Jesús. Pero sé que esto sería dañino para mí y muy doloroso para mi corazón. Confieso que soy culpable y digno de graves castigos, porque no he guardado bien mi corazón y me he portado con mucha tibieza y negligencia. Debido a lo cual he perdido la gracia de Jesús y no sé quién me la podrá restituir, si él mismo no se dignara una vez más tener compasión de mí que soy un pobrecito.

3) Clementísima Madre de Dios, socórreme en esta desgracia; ayúdame, Señora mía; protégeme, amadísima Virgen María, puerta de la vida y de la misericordia. Te pido aliento y ayuda. Tú conoces mejor que ninguno qué gran dolor causa la pérdida de Jesús y cuanta alegría reporta su hallazgo. Santísima Virgen, si esto sucedió contigo, que no tenías ninguna culpa, ¿qué puede haber de tan extraordinario, si la gracia de Jesús no atiende las esperanzas de un pecador, que lo ofende de tantas maneras?

4) ¿Qué debo hacer para hallar la gracia de Jesús? Si hay alguna esperanza de recuperarla, dependerá de tu consejo, se llevará a efecto por tus méritos. Dado que tú eres la que está más cerca de Jesús, quédate a mi lado hasta que lo encuentre. Después de haberlo visto y encontrado, cantaré jubiloso en tu compañía: "Alégrense todos conmigo, porque he hallado a aquel a quien ama mi alma" . El es el mismo que tú diste a luz, Oh castísima Virgen María.

5) La Madre. Escucha mi consejo: imita mi ejemplo, y tu alma será consolada. Si hubieras extraviado a Jesús, no te desesperes ni te turbes en exceso. No te quedes de brazos cruzados, no dejes de rezar, no te distraigas en consuelos terrenales, busca más bien la soledad. Llora por ti mismo, y en el templo de tu corazón hallarás a Jesús, que has extraviado con tus pecados, y con la complacencia en las vanidades.

6) A Jesús no se lo encuentra en las plazas de la ciudad, en compañía de jugadores o de los que llevan vida regalada, sino en compañía de los justos y de los santos. Se debe buscar, gimiendo de dolor, a quien ha perdido por culpa del propio desenfreno; se debe mantener con mucha precaución a quien se ha perdido por negligencia; hay que suplicar con temor y reverencia al que detesta a los perezosos y a los ingratos, hay que hacer volver con suma humildad a quien se ha apartado por orgullo; debe serenarse con frecuentes y sinceras oraciones aquél que, absorto en fútiles pensamientos no escucha a quien habla en voz baja. Pero también hay que alabar, con gran agradecimiento, al que siempre está dispuesto a conceder su gracia; hay que abrazar con muy encendido amor a quien perdona a todos, a quien tiene compasión de todos, a quien da gratuitamente sus dones y no los niega a ninguno de los que se lo piden.

7) Aunque a veces se demora, Dios no abandona al que persevera en la oración, sino que vuelve a menudo sin que él lo sepa, lo ilumina más claramente y lo instruye con mayor cuidado, a fin de que nunca presuma de sí pero confíe humilde y devotamente en él.

8) Si, pues, presta mucha atención a estas cosas, aplacarás fácilmente a Jesús. Lo encontrarás en Jerusalén, porque ese lugar está destinado a la paz. Jesús, en el templo de tu corazón, repetirá sus sagradas palabras. Estará contigo el día entero; te enseñará todo lo que concierne a la salvación, todo lo que atañe a la gracia y a la virtud, que resplandecen en los ángeles y en los hombres; todo lo que de bueno reluce en las criaturas.

9) Por eso tienes que invocar siempre a Jesús; lo debes siempre buscar; lo debes siempre desear, recordar, alabar, venerar y amar. No tienes que ofenderlo en nada; tienes que adorarlo con santidad y pureza, porque es bendito por encima de todas las cosas en los siglos de los siglos. Amén.

 

   


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