Thursday March 23,2017
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Santisima Virgen Maria

  
IMITACION DE MARIA
Por Tomás de Kempis
  



»  Introducción

LIBRO PRIMERO
Encontrar a María

1»  Capítulo I
Cómo saludar a la gloriosa Virgen

2»  Capítulo II
El consuelo de la Virgen María

3»  Capítulo III
El recuerdo y la invocación de la Santísima Virgen María

LIBRO SEGUNDO:
Conocer a María

4»  Capítulo I
María y el misterio de la encarnación

5»  Capítulo II
María durante la infancia de Jesús

6»  Capítulo III
La pérdida y el hallazgo de Jesús

7»  Capítulo IV
Mujer, aquí tienes a tu hijo

8»  Capítulo V
La comunión de María con Jesús

9»  Capítulo VI
Oraciones a María que llora junto a la cruz

10»  Capítulo VII
María y el misterio de la resurrección

11»  Capítulo VIII
María medianera de la gracia

LIBRO TERCERO:
Amar a María

12»  Capítulo I
A Jesús con María

13»  Capítulo II
Eficacia del Ave María

14»  Capítulo III
Efectos de la devoción a María

15»  Capítulo IV
Recuerdo y devoción de María

16»  Capítulo V
Dolores y consuelos de María

17»  Capítulo VI
María nos muestra su Hijo Jesús

18»  Capítulo VII
Invocación de los santos nombres de Jesús y de la Bienaventurada Virgen

LIBRO CUARTO:
Rogar y Cantar a María

19»  Capítulo I
Oración para el amor y la alabanza de la Bienaventurada Virgen María

20»  Capítulo II
Oración ante los sufrimientos de Cristo y de su Madre

21»  Capítulo III
Oración a la Bienaventurada Virgen para obtener consuelo

22»  Capítulo IV
Oración a la Bienaventurada Virgen María cuando surge una tribulación

23»  Capítulo V
Oración a la Bienaventurada Virgen para la hora de la muerte

Capítulo VI:
Cantos a María

24»  Quién es María

25»  Tierna jovencita

26»  Poesía sobre la Bienaventurada
Virgen

27»  María prefigurada

28»  La Navidad

29»  Gema de pudor

30»  La belleza de María

31»  María nuestra salvación

32»  Mira a la Estrella

33»  Haznos dignos

34»  La Madre de la misericordia

35»  La excelencia de María

36»  Salve, Reina de los cielos

37»  "Salve, oh bellísima"

38»  "Alégrate, oh Reina del cielo"

39»  María Reina y Puerta del cielo

40»  Reina y Señora del mundo

 

 

LIBRO TERCERO
Amar a María
14» Capítulo III
Efectos de la devoción a María 


1) "Mi recuerdo es más dulce que la miel" (Ecli 24, 19). Estas palabras de la Eterna Sabiduría se aplican decorosa y oportunamente a la Madre de la misericordiosa, de la que nació Cristo, sol de la justicia. Dulce es Jesús, dulce es María, porque en ellos no hay amargura alguna, sino suma piedad, mansedumbre, caridad e inmensa misericordia.

Dichoso el que sigue las huellas del humilde Jesús y se dirige con devoción a su Madre, para encontrar gracia ante ellos. Por la tanto, fidelísimo servidor de Dios, reúne en un cuaderno lo que hizo y enseñó Jesús, y te será más útil que todos los tesoros del mundo. Medita frecuentemente en las acciones y las palabras de su Santísima Madre, que serán de enorme consuelo para el alma y más perfumadas que todos los aromas.

2) El cuerpo ama los buenos olores y se reanima con el sustento de los alimentos; el alma en cambio se nutre, se robustece y se regocija con sólidas virtudes y santas meditaciones. Por eso, cuanto mayor sea la dedicación para perfeccionarse bajo la guía y en la escuela de los más nobles maestros, tanto más eficazmente se aprende y, en breve tiempo, se llega al colmo de la felicidad. Ahora bien, los más grandes maestros de las virtudes y las más destacadas luminarias de toda la santidad son Jesús y María, y son los que tienes que proponer a tu pequeñez para modelos de imitación, como si estuviesen delante de ti.

A ambos debes unirte, haciéndote familiar suyo, dedicándote a ellos; y, en cualquier circunstancia en que oigas hablar de los mismos, detente a escuchar con diligencia cada punto y luego recapacítalo largo rato, y reflexiona atentamente acerca de lo que suscita edificación y dulzura.

3) Cada vez que estés por recitar las divinas alabanzas o por realizar cualquier acción, a solas o con los otros, eleva primeramente los ojos al cielo e invoca con ternura a Jesús y a María, poniéndote entre súplicas bajo su vigilante protección, haciendo la ofrenda de ti mismo a su beneplácito, a fin de que tu acción sea grata a Dios, útil al prójimo y meritoria para ti. Que tu mente sea siempre pura, tu voluntad decidida, discreto tu trabajo, controladas tus palabras, bien terminadas tus acciones. Que todo se desarrolle para alabanza de Jesús y de su bendita Madre.

4) Comienza en la tierra a alabarlos, a venerarlos y a amarlos, para que puedas merecer la gracia de reinar con ellos, bendecirlos y ensalzarlos eternamente en unión con los ángeles y los santos. Es hermoso y suave alabar a Jesús, es amable y gracioso alabar a María. Alábalos en la alegría, alábalos en la tristeza, porque son dignos de toda alabanza y deben ser igualmente invocados en cualquier circunstancia. Cuanto más a menudo te ejercites en alabarlos, tanto más crecerás en su amor y te robustecerás en la gracia de su devoción.

5) Ellos no se olvidarán jamás de ti, mientras tú no los olvides. Pero si desgraciadamente te olvidaras o te comportaras mal, si tu devoción de antes se hubiese enfriado, tendrás que sancionarte con oportunos castigos, deplorar con amargura tus malos pasos, aprender a hablar más a menudo con Dios y a custodiar con mayor vigilancia la gracia que te ha sido dada. Acuérdate, pues, de los beneficios de Jesús y María, y lamenta tu negligencia y la grave ingratitud, en que neciamente has incurrido.

6) Feliz el que escucha con atención las amonestaciones que Jesús le dirige, para que se corrija y, después del amargo llanto, se sienta nuevamente arrobado por los dichosos éxtasis del alma. La conmiseración de Jesús es más grande que todos los pecados, y la benignidad de María no podrá agotarse jamás. ¡Oh, si tú pudieras progresar mucho en el amor de Jesús, y servir digna y devotamente a su bendita Madre María!

Pero, ¿qué podrías hacer tú, que ni siquiera eres digno de pronunciar su nombre, ya que eres frágil, tibio, negligente y, por añadidura, los ofendes con frecuencia de muchas maneras? ¿Cómo podrías alabarlos, si la alabanza en la boca de un pecador no es acepta, dado que santos pueden ser solamente los que son juntos y dignos? Pero entonces, ¿debes callarte o hablar? Ay de ti, si no hablaras; pero ay de ti también si hablaras con labios indignos. En suma, ¿qué debes hacer para hallar misericordia y no incurrir en pecado?

7) Para conseguir la benevolencia del benignísimo Jesús y de su muy misericordiosa Madre, nada mejor hay para ti que humillarte en cualquier circunstancia, sometiéndote a todos, manteniéndote siempre en el último lugar y considerándote sinceramente indigno y ruin. Si en cambio te crees capaz de llevar a cabo algo bueno, toma conciencia de tu nulidad.

Sólo así podrás aplacar a Dios, Jesús tendrá compasión de ti y también María rogará por ti. Serás consolado en tu humildad, y no quedarás confundido delante de ellos, sino que recibirás copiosos dones, mientras elevas cantos de alabanza. Si no eres apto para alabarlos dignamente, procede del mejor modo posible, ofreciendo lo que tengas, ya que la buena intención te ayudará hasta que estés en condiciones de proporcionar mejores obsequios.

8) Los más grandes y los más devotos alaban magníficamente; los que sólo tienen un poco de aceite, que lo ofrezcan de buena gana al Hijo y lo consagren a la Madre de la gracia. Habría que hacer callar ante la excelencia de la gloria y de la dignidad del magnífico Hijo de una Madre Virgen, pero como María no desprecia a los pequeños ni a los pecadores, admitirá misericordiosamente tu alabanza dentro del coro de los que la alaban, como afirma el santo profeta: "El pobre y el miserable alabarán su nombre". Esto debía decirse, aunque brevemente, según las propias modestas posibilidades, pero con lenguaje sencillo y con sinceridad.

9) ¿Acaso Jesús y María no fueron los más humildes sobre la tierra? Y, sin embargo, ¿no son los más grandes en el cielo? Jesús se hizo siervo y María se llamó sirvienta. Pero el mundo entero ha experimentado la caridad de ambos; los santos ensalzan su dignidad; el coro de los ángeles los venera. Ojalá te encuentre a ti también con ellos, para que juntos, con incansable ritmo, entonemos himnos en honor del dulce nombre de Jesús y de la dulcísima Virgen María.

10) Es bello y dulce ponerse al servicio de Jesús y de María. Ellos fueron los primeros en ponerse a nuestro servicio con mucha fidelidad y humildad. Hijos de los hombres, sirvan al Señor, que se dignó servirlos a ustedes en tan gran medida; sirvan a la Madre de Dios, que tantos ejemplos de santo servicio les ha dejado. Es justo honrar a estos sumos patronos que pueden ayudarnos, puesto que por medio de ellos se conoce y se ejecuta la voluntad de Dios.

11) En cada momento implora a Jesús y a María, que te defienden de los enemigos del alma y del cuerpo, y conceden los goces eternos a quienes son sus servidores. Recurre a Jesús y a María en toda necesidad, manifestándoles tus pedidos, confesándoles tus culpas y deplorando los pecados cometidos. Pide perdón, abraza la penitencia, recupera la esperanza, promete enmendarte y ten confianza en la ayuda de la gracia.

Si caes fácilmente en pecado, esfuérzate con diligencia en levantarte de nuevo. Jesús y María atenderán con gusto las oraciones del que los invoca, y no despreciarán el lamento de los necesitados. Hasta los ángeles estarán de fiesta cuando, de todo corazón, te hayas convertido de cualquier pecado y hayas abrazado una vida mejor, como le agrada a Cristo y a su bendita Madre. Procura tan sólo no ofenderlos, y ellos no te negarán su ayuda, ríndeles el debido honor y te tomarán a su cuidado con el mayor esmero.

12) Oración. A ti, Señor Jesús, y a tu Santísima Madre María, encomiendo mi alma y mi cuerpo para que los guarden para la vida eterna. Oh Jesús y María, mi única esperanza, que en toda tribulación y angustia me socorra su piedad. Ustedes son mis poderosísimos patronos, dignos de ser amados más que todos los santos. Yo, pobre y peregrino en esta tierra, no tengo a nadie, entre todos mis amigos y conocidos, que sea tan fiel y tan amado como ustedes, en quienes confío.

   


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