Wednesday December 13,2017
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EL EVANGELIO
COMO ME HA SIDO REVELADO


El Evangelio como me ha sido revelado

Autor: Maria Valtorta

Biografía.
Testimonios y Comentarios

PARTE 1 de 7 »

INTRODUCCION Y VIDA OCULTA DE JESUS

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Intro de la Obra

01. Dios quiso un seno sin mancha

02. Joaquín y Ana hacen
voto al Señor

03. En la fiesta de los Tabernáculos.
Joaquín y Ana poseían
la Sabiduría

04 Ana, con una canción,
anuncia que es madre.
En su seno está el alma inmaculada de María.

05. Nacimiento
de la Virgen María.
Su virginidad en el eterno pensamiento del Padre.

06. Purificación de Ana
y ofrecimiento de María,
que es la Niña perfecta para el reino de los Cielos.

07. María niña con Ana y Joaquín. En sus labios ya está la Sabiduría del Hijo.

08. María recibida en el Templo. En su humildad, no sabía que era la Llena de Sabiduría.

09. La muerte de Joaquín y Ana fue dulce, después de una vida
de sabia fidelidad a Dios
en las pruebas.

10. Cántico de María.
Ella recordaba cuanto su
espíritu había visto en Dios.

11. María confía su voto al Sumo Sacerdote.

12. José designado para esposo de la Virgen.

13. Esponsales de la Virgen y José, que fue instruido por la Sabiduría para ser
custodio del Misterio.

14. Los Esposos llegan a Nazaret.

15. Como conclusión del
Pre-Evangelio.

16. La Anunciación.

17. La desobediencia de Eva y la obediencia de María.

18. María anuncia a José la maternidad de Isabel y confía a Dios la justificación de la suya.

19. María y José camino de Jerusalén.

20. Salida de Jerusalén.
El aspecto beatífico de María. Importancia de la oración
para María y José.

21. La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel.

22. Las jornadas en Hebrón.
Los frutos de la caridad
de María hacia Isabel.

23. Nacimiento de
Juan el Bautista.
Todo sufrimiento se aplaca
sobre el seno de María.

24. La circuncisión de Juan el Bautista.
María es Fuente de Gracia para quien acoge la Luz.

25. Presentación de Juan el Bautista en el Templo Y partida de María. La Pasión de José.

26. José pide perdón a María.
Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.

27. El edicto de empadronamiento.
Enseñanzas sobre el amor al esposo y la confianza en Dios.

28. La llegada a Belén.

29. Nacimiento de Jesús.
La eficacia salvadora de la
divina maternidad de María.

30. El anuncio a los pastores,
que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo
hecho Hombre.

31. Visita de Zacarías.
La santidad de José y la obediencia a los sacerdotes.

32. Presentación de Jesús
en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

33. Canción de cuna de la Virgen.

34. Adoración de los Magos.
Es "evangelio de la fe"

35. Huida a Egipto. Enseñanzas sobre la última visión relacionada con la llegada de Jesús.

36. La Sagrada Familia en Egipto. Una lección para las familias.

37. Primera lección de trabajo
a Jesús, que se sujetó
a la regla de la edad.

38. María, maestra de Jesús, Judas y Santiago.

39. Preparativos para la
mayoría de edad de Jesús
y salida de Nazaret.

40. Jesús examinado en su mayoría de edad en el Templo.

41. La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.
La angustia de la Madre y la respuesta del Hijo

42. La muerte de José.
Jesús es la paz de quien sufre
y de quien muere.

43. Como conclusión de la
vida oculta.

 

11- María confía su voto al Sumo Sacerdote.


¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía...

(Estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo) Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros, su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón. Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen...

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.
María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata  de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja pero al mismo tiempo festiva. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

-María, el Sumo Sacerdote te espera.
María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder:
-Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo. Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa, María. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.
Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con un:

«Paz a ti, prima».

El Pontífice la observa atentamente. Luego le dice a Zacarías:

-Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.
-Hija, conozco tu gracia y tu bondad. Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres. Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. Tú ya no eres una niña, sino una mujer.

Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor. Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre. ¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados, y con voz temblorosa, responde:

-Ninguno.
-No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña, y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia -dice Zacarías.
-Entonces le dejaremos a Dios que elija.  

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:
-María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel. Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

-Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley.

-Es por esto... no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

-Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.
-Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

-Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.
-Sí.

-Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?
-Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: "¡Oh, padre, yo soy tu hija!"... Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar... Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro... Mi casa... Mi casa tenía un jardín lleno de flores... un huerto de árboles frutales y campos cultivados... y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta... estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes, y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y también cantaba el manantial.

Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente... Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón... Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote... Debo buscar el momento en que me di a Dios... y vuelven a la mente las cosas de los primeros años... Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía:

"Ven, dilecta mía". Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: "¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía! El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito".

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas... me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos... Y, no sé... me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

"Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía"... Dulce era el amor de mi padre y de mi madre... dulce su voz cuando me llamaba... ¡Ah, pero ésta, ésta...! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable, y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios...

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial, yo dije entonces: "Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor"... Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido, y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos. ¿Cuándo?...

No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío... 'Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar... No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

-Dios te dará el esposo, y será santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harás será manifestarle tu voto.
-¿Y aceptará?

-Espero que sí. Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.


   


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