Thursday March 30,2017
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AQUEL
PABLO DE TARSO


San Pablo

Autor: P. Pedro García
Fuente: Evangelicemos.net

PARTE 1 de 3 »

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00. El Apóstol Pablo.
Charla Introductoria

01. El hombre que se presenta.
Formación judía y griega

02. Pablo y Esteban.
El celoso mantenedor de la Ley

03. Ante las puertas de Damasco.
La conversión de Pablo

04. Damasco-Jerusalén-Tarso. Los primeros pasos del convertido

05. La Iglesia de Antioquía. Emociones a montón

06. La primera misión.
Chipre, y adentrándose en Asia

07. Los judaizantes a la vista. Los tenemos que conocer

08. En el Concilio de Jerusalén. El triunfo de la libertad cristiana

09. Empieza la segunda misión. Por las tierras de Galacia

10. Filipos.
Se abre la puerta de Europa

11. El mundo grecorromano.
El Imperio y sus religiones

12. Algo más sobre el Imperio. Situación social y moral

13. El cristiano.
Fermento y semilla
metidos en el Imperio

14. Tesalónica y Berea.
El Evangelio por Macedonia

15. Con la Biblia en la mano.
La lección de los de Berea

16. Atenas.
Frialdad e indiferencia

17. A partir del Areópago.
Un fracaso y una lecció

18. Corinto.
Soñando en lo imposible

19. Las Cartas
magistrales de Pablo.
Doctor para siempre

20. La primera a los de Tesalónica.
Ya nadie parará la pluma

21. A ser santos llaman.
Lo primero que pidió Pablo

22. El Señor volverá.
Otra misiva a Tesalónica

23. ¡Lean, tesalonicenses!
Una súplica de Pablo

24. Entre la segunda
y tercera misión.

Dejando por ahora

25. Éfeso

26. Primera carta a Corinto. Mucha luz entre sombras

27. ¡Y Jesucristo Crucificado!... Con el escarmiento de Atenas

28. El Bautismo.
Pablo, el gran doctor

29. Una palestra de la castidad. ¡Precisamente en Corinto!

30. Olimpíadas cristianas.
A correr los valientes…

31. ¡La Iglesia!
A pensar como Pablo

32. ¡Aquí estás presente, Señor! Pablo sobre la Eucaristía

33. El Espíritu en acción.
Los carismas del Espíritu Santo

34. El himno incomparable
al Amor.
¡Ese capítulo trece!

35. La tríada gloriosa.
Con las Tres teologales

 

Atenas.
Frialdad e indiferencia


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¡Buen viaje el que vamos a hacer hoy con Pablo! Nada menos que a la soñada Atenas, el emporio del saber, del arte, de la belleza, la cuna de la cultura occidental.

Corre la primavera del año 51, y los de Berea no se atreven a dejar solo a Pablo ─pues parece que está otra vez enfermo o no bien recuperado en su salud─, y lo llevan hasta Atenas. Allí, les dice Pablo agradecido:

-¡Gracias, queridos! ¡Qué buenos son! Marchen a Berea, pero encarguen a Silas y Timoteo que vengan lo antes posible a Atenas, pues aquí me encuentro muy solo (Hch 17,15-34)

Pablo se quedó en Atenas con el ánimo bajo los pies. Un judío como él no tenía para menos. ¡Cuántos ídolos! ¡Cuánta superstición! ¡Cuántos templos y altares a dioses falsos!

Un conocido escritor romano que visitó Atenas en aquellos mismos días, escribía irónicamente: “Está todo esto tan lleno de dioses que resulta más fácil encontrar un dios que un hombre”.

Mientras esperaba a Timoteo y Silas, nos dicen los Hechos, “Pablo estaba interiormente que explotaba, indignado al contemplar la ciudad tan llena de ídolos”.

Como en todas partes, empieza por la sinagoga, pues se dice:

-¡Al menos aquí adorarán fervientemente a Dios!
Pero Pablo se lleva también una desilusión con los judíos. Eran pocos en Atenas, y parece que se habían amoldado a la manera floja de vivir de los atenienses.

Pablo no sería Pablo si se hubiera quedado quieto. Cada día iba al ágora, la plaza pública en que se mezclaban, de manera simpática y desesperante a la vez, toda clase de gentes.

Abundaban en ella, sobre todo, los filósofos baratos y los oyentes ociosos, que se preguntaban cada día: -¿Qué hay de nuevo hoy?...

Los grandes sabios como Sócrates, Diógenes, Platón o Aristóteles, habían desaparecido hacía ya muchos años.
Ahora, dicen los Hechos, merodeaban los estoicos y los epicúreos, que al oír a Pablo comentaban de manera divertida:

-¿Qué dice ese charlatán, ese pajarraco que se come todos los granos esparcidos por el suelo?...

Era esto lo que en Atenas decía la gente de los filósofos baratones que se presentaban cada día. Porque eran unos sabios muy pobres, que recogían cuatro sentencias que habían escuchado de otros, y las vendían como sabiduría propia.

¡Esto es ese predicador tan curioso que nos viene con nuevos dioses, ese Jesús y esa Resurrección!...
Si no lo dijera así Lucas, que se luce en su narración, nosotros no tendríamos imaginación para inventarlo.

Como todos los dioses del Olimpo griego eran casados o se unían para engendrar otros dioses, aquí viene este Pablo ahora a predicar un dios masculino, Jesús, y una compañera femenina, Resurrección. ¡No deja de ser curiosa esta pareja de dioses!...

Así piensan los oyentes de Pablo, y para aclarar mejor las cosas, le proponen:

-¿No podríamos oírte de esto más detenidamente en el Areópago?

La proposición era muy seria. El Areópago era el tribunal que examinaba la legitimidad de la religión y, si era preciso, juzgaba a los propagandistas de nuevos dioses. El Areópago había juzgado y condenado a muerte por impío nada menos que a Sócrates, el filósofo y el hombre más grande de Grecia.

¿Qué hará el Areópago ahora con Pablo, ese anunciador de nuevas divinidades?...

No va a hacer nada, afortunadamente.
Lo de hoy no va a ser un juicio, sino un escuchar al expositor de la nueva religión.
Pablo está de pie ante sus oyentes, que le invitan:
-¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.

Todo es cortesía, todo es educación. Y Pablo, en su exposición, va a rayar a gran altura desde el primer momento, cuando comienza:
-Atenienses, veo que ustedes son, bajo todos los aspectos, los más respetuosos de la divinidad.
Con este comienzo, Pablo se demuestra un orador consumado, y Lucas un historiador excepcional al darnos un resumen de las mismas palabras de Pablo.
Magnífico, bello y muy profundo todo, desde luego.
El auditorio escucha con placer una filosofía semejante, y más cuando la ve confirmada por lo que dijeron algunos pensadores y poetas griegos, como lo reconoce Pablo:
-Porque somos del linaje de Dios. Y si somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el genio de los hombres
Pablo está formidable. Pero viene lo malo, cuando anuncia:
-Ese Dios creador, que ha tolerado hasta ahora la ignorancia, quiere que todos se conviertan, porque todos van a ser juzgados un día por un hombre determinado, a quien Dios ha garantizado resucitándolo de entre los muertos.
Aquí se acabó el escuchar con agrado a este soñador.
¿La conversión?... No les gustaba.
¿La resurrección de los muertos? A un griego no le entraba en la cabeza.
Pero siguieron todos en su educación, y dijeron cortésmente al orador:
-Pablo, te escucharemos con gusto otra vez.
No volvieron a escucharle, porque ni ellos estaban interesados ni Pablo tenía ganas de perder más el tiempo:

-Aquí no hay nada que hacer. Estos griegos atenienses buscan sólo sabiduría, y yo no enseño más sabiduría que la de la Cruz.
No todo, sin embargo, se había perdido, como anota Lucas:
“Algunos hombres se adhirieron a Pablo y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos”.
Éstos fueron la semilla de una nueva Iglesia en Atenas, pequeña, pero allí quedaba la semilla enterrada.
Pablo, siguen diciendo los Hechos, dejando Atenas se fue a Corinto.
Esta vez no se marchaba perseguido. Fracasado, sí.
Los pocos judíos de Atenas seguían en su indiferencia, los filosofantes griegos en su incredulidad, y Pablo con una convicción: ¡Basta de ciencia! La Cruz y nada más...
Lo va a demostrar en el nuevo campo. ¡Corinto a la vista!...

   


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