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Saturday November 18,2017
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EL EVANGELIO
COMO ME HA SIDO REVELADO


El Evangelio como me ha sido revelado

Autor: María Valtorta

« PARTE 7 de 7

GLORIFICACION
DE JESÚS Y MARÍA

Partes: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ]
[ 4 ] [ 5 ] [ 6 ] [ 7 ]



617. La Resurrección

618. Jesús resucitado
se aparece a su Madre

619. Las pías mujeres
al pie del Sepulcro

620. Consideraciones sobre
la Resurrección

621. Aparición a Lázaro

622. Aparición a Juana de Cusa

623. Aparición a José de Arimatea, a Nicodemo
y a Manahén

624. Aparición a los pastores

625. Aparición a los discípulos
de Emaús

626. Llegada de los paganos y alusiones a otras apariciones

627. Aparición a los apóstoles
en el Cenáculo

628. El regreso de Tomás
y su incredulidad

629. Aparición a los apóstoles, esta vez con Tomás. Jesús habla sobre el sacerdocio y los
futuros sacerdotes

630. Enseñanzas a los apóstoles enviados al Getsemaní

631. Enseñanzas a los apóstoles enviados al Gólgota y
luego al Cenáculo

632. Apariciones a varias personas en distintos lugares

633. Aparición en la orilla del lago y otorgamiento de la
misión a Pedro

634. Enseñanzas a los apóstoles y a numerosos discípulos en el monte Tabor. Margziam consolado

635. Lección sobre los Sacramentos y predicciones sobre la Iglesia

636. La Pascua suplementaria

637. El adiós a la Madre antes de subir al Padre.
Todo lo tenemos por María

638. RÚltimas enseñanzas en el Getsemaní, despedida y ascensión al Padre

639. Elección de Matías

640. La venida del Espíritu Santo. Fin del ciclo mesiánico

641. Pedro celebra la Eucaristía en una reunión de los
primeros cristianos

642. María Santísima se establece en el Getsemaní con Juan, que le predice la Asunción

643. María Stma. y Juan en los lugares de la Pasión

644. Institución del "domingo". Gradual conversión de Gamaliel. Las dos sábanas

645. El proceso y la lapidación de Esteban. Los caminos opuestos de Saulo y Gamaliel
hacia la santidad

646. Sepultura de Esteban y comienzo de la persecución

647. Gamaliel se hace cristiano

648. Pedro se despide de María Santísima después
de un coloquio con Juan

649. El beato tránsito
de María Santísima.

650. Gloriosa asunción
de María Santísima

651. Sobre el tránsito, la asunción y la realeza
de María Santísima

652. Para despedida de la Obra

 

637- El adiós a la Madre antes de subir al Padre. Todo lo tenemos por María


Veo otra vez la habitación habitada por María. Las señales de la Pasión han desaparecido.

La Virgen está sentada y lee. Deben ser libros sagrados.

No, ciertamente no está leyendo otra cosa en ese rollo que tiene entre sus manos. Ya no se la ve torturada. Su rostro resulta ahora más grave que antes de la Pasión. Sin ser aquel rostro trágico, aparece más maduro. Ahora tiene aspecto majestuoso, aunque sereno.

La hora parece matutina. Efectivamente, ya luce un bonito sol, que, por la ventana abierta, entra en la tranquila habitación, pero se ve que el jardín (un jardín cercado por altas tapias, al cual da la ventana) está todavía lleno del frescor del rocío.

Entra Jesús, todavía con su espléndida vestidura de la mañana de la Resurrección. Su Rostro emana fulgor. Sus heridas son pequeños soles.

María se arrodilla sonriendo. Luego se alza y lo besa en la Mano derecha. Jesús la estrecha contra su Corazón y la besa en la frente, sonriendo, y le pide un beso, que María da, también en la Frente.

-Mamá. Mi tiempo de permanencia en la Tierra ha terminado. Subo al Padre. He venido para una especial despedida de ti, y para mostrarme a ti, una vez más, con el aspecto que tendré en el Cielo. No he podido mostrarme a los hombres con esta figura de esplendor: no habrían podido soportar la belleza de mi Cuerpo glorificado, una belleza que supera demasiado sus posibilidades. Pero a ti, Mamá, sí. Y vengo a inundarte de alegría otra vez con ella.

Besa mis Heridas. Que Yo sienta en el Cielo el perfume de tus labios y que a ti te quede en los labios la dulzura de mi Sangre.

Pero estáte segura, Mamá, de que nunca te dejaré. Saldré de tu corazón durante esos pocos instantes requeridos por la consagración del Pan y del Vino, para volver luego, después de esa fatigosa separación de ti, con un ansia de amor pareja a la tuya, ¡oh Cielo mío vivo cuyo Cielo soy Yo!

No habremos estado nunca tan unidos como de ahora en adelante. Al principio, mi incapacidad embrional; luego, mi infancia; luego, la lucha de la vida y del trabajo; luego, la misión; en fin, la Cruz y el Sepulcro: estas cosas me interponían distancia, y obstáculo para decirte cuánto te amo.

Pero ahora estaré en ti no ya como una criatura en formación; estaré a tu lado no ya en medio de los obstáculos del mundo que veda la fusión de dos que se aman: ahora estaré en ti como Dios; y nada, nada, ni en la Tierra ni en el Cielo, podrá separarnos a mí de ti ni a ti de mí, Madre Santa. Te diré palabras de inefable amor, te haré caricias de indescriptible dulzura. Y tú me amarás por quien no me ama.

¡Oh, tú colmas la medida del amor, que el mundo no dará a Cristo, con tu amor perfecto, Mamá! Por eso, más que un adiós, mi despedida es como la de uno que saliera un momento a este jardín florido a coger rosas y azucenas.

Pero Yo te traeré del Cielo otras rosas y otras azucenas más hermosas que éstas que aquí han florecido. Te llenaré de ellas el corazón, Mamá, para hacerte olvidar el hedor de la Tierra, que no quiere ser santa, y anticiparte la brisa del bienaventurado Paraíso donde con tanto amor se te espera.

Y el Amor, que no sabe esperar, vendrá a ti dentro de diez días. Adórnate con tu más hermosa alegría, oh Madre Virgen, que tu Esposo viene. El invierno ha pasado... Las viñas florecidas emanan su perfume, y Él canta: "¡Álzate, oh llena de hermosura! ¡Ven, Esposa mía, que serás coronada!". (Cantar de los cantares 2, 11-13)

Con su Fuego te coronará, ¡oh Santa!, y te hará feliz con su Espíritu, que se infundirá en ti con todos sus esplendores, ¡oh Reina de la Sabiduría!, Reina suya, que has sabido comprenderlo desde la aurora de tu vida y amarlo como ninguna criatura en el mundo jamás amó.

Madre, subo al Padre nuestro. A ti, Bendita, la bendición de tu Hijo.

María resplandece en su éxtasis, en esta habitación resplandeciente por la luz de Cristo.

Dice Jesús:
-No hagáis, hombres, objeto de polémica el hecho de si era o no posible que Yo cambiara de figura. Ya no era el Hombre vinculado a las necesidades del hombre. Tenía al Universo como escabel de mis pies, y todas las potencias como siervas obedientes. Y si, mientras era el Evangelizador, había podido transfigurarme en el Tabor, ¿no iba a poder transfigurarme para mi Madre siendo ya el Cristo glorioso? O mejor: ¿no iba a poder cambiar de figura para los hombres y aparecerme a Ella como ya era: divino, glorioso, transfigurado en Aquel que en realidad era, en vez de con esa figura de Hombre con que me mostraba a todos?

Ella, además, me había visto -¡pobre Mamá!-transfigurado por los padecimientos; era justo que me viera transfigurado por la Gloria.

No hagáis objeto de polémica el si Yo podía estar realmente en María. Si decís que Dios está en el Cielo y en la Tierra y en todas partes, ¿por qué sois capaces de dudar el que Yo pudiera estar contemporáneamente en el Cielo y en el Corazón de María, que era un vivo Cielo?

Si creéis que estoy en el Sacramento y cerrado dentro de vuestros ciborios, ¿por qué podéis dudar que Yo estuviera en este purísimo y ardentísimo Ciborio que era el Corazón de mi Madre?

¿Qué es la Eucaristía? Es mi Cuerpo y mi Sangre unidos a mi Alma y a mi Divinidad. Pues bien, cuando Ella me concibió, ¿acaso tenía algo distinto en su seno? ¿No tenía al Hijo de Dios, al Verbo del Padre con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad?

Si vosotros me tenéis, ¿no es, acaso, porque María me tuvo y me dio a vosotros, después de haberme llevado nueve meses?

Pues bien, de la misma manera que dejé el Cielo para morar en el seno de María, ahora, que dejaba la Tierra, elegía el seno de María como Ciborio para mí. ¿Y qué ciborio, en qué catedral, es más hermoso y santo que éste?

La Comunión es un milagro de amor que hice por vosotros, hombres. Pero en la cima de mi pensamiento de amor resplandecía el pensamiento de infinito amor de poder vivir con mi Madre y hacer que viviera Ella conmigo hasta que nos reuniéramos en el Cielo.

El primer milagro lo hice para alegría de María, en Caná de Galilea. El último milagro -es más: los últimos milagros-, para el consuelo de María, en Jerusalén. La Eucaristía y el velo de la Verónica: éste, para poner una gota de miel en la amargura de la Desolada; aquél, para que no sintiera que Jesús ya no estuviera en la Tierra.

¡Todo, todo, todo -comprendedlo de una vez por todas- lo tenéis por María!

Deberíais amarla y bendecirla cada vez que respirarais.

El velo de la Verónica es también un aguijón para vuestra alma escéptica. Comparad -vosotros, racionalistas, tibios, inseguros en la fe, vosotros que os conducís por secos exámenes- el Rostro del Sudario y el de la Sábana: uno es el Rostro de un vivo, el otro es el de un muerto; pero la altura, la anchura, los caracteres somáticos, la forma, las características son iguales. Superponed las imágenes.

Veréis que corresponden la una a la otra. Soy Yo. Yo que quise recordaros cómo era y en qué me convertí por amor a vosotros.

Si no estuvierais definitivamente extraviados, si no fuerais ciegos, deberían bastar esos dos Rostros para llevaros al amor, al arrepentimiento, a Dios.

El Hijo de Dios os deja, bendiciéndoos con el Padre y con el Espíritu Santo.


   


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