Tuesday July 25,2017
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El Evangelio como me ha sido revelado

Autor: Dr. Scott Hahn
Fuente: Centro San Pablo
de Teologia Biblica
Tomado de: es.Catholic.net

LECCION 1 de 6 »

Una Introducción
Bíblica a la Misa

Lección: [ 1 ] [ 2 ] [ 3 ] [ 4 ]
[ 5 ] [ 6 ]


»Prefacio
La Cena del Cordero:
La Biblia y la Misa

I. Encontrando la Biblia
en la Misa

»Nuestro culto es Bíblico

»Palabras de Espíritu y Vida

II. Encontrando la Biblia
en la Misa

»La Tradición recibida del Señor

»En el Cenáculo

»Pan de Vida, Vid Verdadera

»La Eucaristía según las Escrituras

III. De la Biblia a la Misa

»Escuchando a los apóstoles, partiendo el pan

»Escuchar es creer

»De vuelta a la Misa

IV. Preguntas para reflexionar

»Para Meditación Personal

 

I. Encontrando la Biblia en la Misa
▬ Nuestro culto es Bíblico ▬


La Misa es continuación de la Biblia. En el plan Divino de salvación, la Biblia y la Misa están hechas una para la otra. Tal vez esto es nuevo para usted. De hecho, tal vez usted, al igual que otros muchos, incluyendo muchos católicos, no ha pensado tanto sobre la relación entre Biblia y Misa.

Si alguien preguntara, “¿Qué tiene que ver la Biblia con la Misa?”, muchos podrían contestar, “No tiene mucho que ver”.

Parece una repuesta obvia. Sí, escuchamos lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento en cada Misa, y cantamos un salmo entre estas, pero, aparte de esto, no parece que la Biblia sea tan importante en la Misa.

Sin embargo, cuando usted haya terminado este curso, tendrá una perspectiva distinta —además de un amor y un aprecio mucho más grandes— hacia el profundo misterio de fe en el que entramos en cada Misa. 

Empecemos de un solo y miremos la Misa a través de un nuevo lente “bíblico”. 

Cada Misa empieza de la misma manera. Nos persignamos y decimos, “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Veremos el porqué de esto después.

Por ahora, notemos que la señal de la cruz empezó con los apóstoles, que “sellaron” a los nuevos bautizados trazando este signo en sus frentes. (cfr. Ef.1.13; Apoc. 7:3).

Las palabras que rezamos cuando nos santiguamos vienen directamente de los labios de Jesús. De hecho, son de las últimas palabras que dirigió a sus apóstoles (cfr. Mt. 28:19).

Continuando con la Misa, el sacerdote nos saluda. Él habla y nosotros respondemos, con palabras de la Biblia. Él dice: “El Señor esté con ustedes”, y decimos, “Y con tu espíritu” (cfr. 2 Tim. 4:22). 

En la Escritura, estas palabras son la promesa de la presencia, la protección y la ayuda del Señor (cfr. Ex. 3:12; Lc. 1:28). El sacerdote puede optar por otro saludo, como, “la gracia de Nuestro Señor Jesucristo...” siempre también palabras sacadas de la Biblia (cfr. 2 Cor. 13:13; Ef. 1:2).

La Misa continua así, como un diálogo entre los fieles y Dios, mediado por el sacerdote. Lo que llama la atención—y raras veces reconocemos—es que esta conversación es hecha casi completamente con el lenguaje de la Biblia.

Cuando imploramos, “Señor, ten piedad”, nuestro llanto pidiendo socorro y perdón hace eco de la Escritura (cfr. Sal. 51:1; Bar. 3:2; Lc. 18:13, 38,39). Cuando glorificamos a Dios, entonamos el himno que los ángeles cantaron la primera nochebuena (Cfr. Lc. 2:14).

Hasta el Credo y las Plegarias Eucarísticas están compuestos de palabras y frases bíblicas. Preparándonos para arrodillarnos ante el altar, cantamos otro himno angelical de la Biblia, “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Is. 6:3; Apoc. 4:8). 

Nos juntamos al salmo triunfante de los que le dieron la bienvenida a Jesús en Jerusalén: “Hosanna, Bendito él que viene...” (cfr. Mc. 11:9-10). En el corazón de la Misa, escuchamos las palabras de Jesús en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22-24).

Después, oramos a nuestro Padre en las palabras que Nuestro Señor nos dio (cfr. Mt. 6:9-13). Lo reconocemos con las palabras de San Juan el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios...” (cfr. Jn. 1:29,36).

Y antes de recibirlo en la comunión, confesamos que no somos dignos en las palabras del centurión que pidió la ayuda de Jesús (cfr. Lc. 7:7).

Lo que decimos y escuchamos en la Misa nos viene de la Biblia. Y lo que “hacemos” en la Misa, lo hacemos porque se hacía en la Biblia. Nos arrodillamos (cfr. Sal. 95:6; Hech. 21:5) y cantamos himnos (cfr. 1 Mac. 10:7, 38; Hech. 16:25); nos ofrecemos la señal de la paz (cfr. 1 Sam. 25:6; 1 Tes. 5:26). 

Nos juntamos alrededor de un altar (cfr. Gen. 12:7; Ex. 24: 4; 2 Sam. 24:25; Apoc. 16:7), con incienso (cfr. Jer. 41:5; Apoc. 8:4), servido por sacerdotes (cfr. Ex. 28:3-4; Apoc. 20:6). Ofrecemos una acción de gracias con pan y vino (cfr. Gen. 14:18; Mt. 26:26-28).

Desde la primera señal de la cruz hasta el último amén (cfr. Neh. 8:6; 2 Cor. 1:20), la Misa es un tapiz de sonidos y sensaciones, tejido con palabras, acciones y accesorios tomados de la Biblia.

Nos dirigimos a Dios en las palabras que Él mismo nos ha dado por medio de los autores inspirados de la Sagrada Escritura. Y Él a su vez, viene a nosotros, instruyéndonos, exhortándonos y santificándonos, siempre por la Palabra Viva de la Escritura.


   


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