Saturday March 25,2017
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Los Pasdres de la Iglesia

 

»  Introducción


1»  Padres de la Iglesia

2»  Los Doctores de la Iglesia


3»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos:
San Ignacio de Antioquia
Parte 1

4»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos:
San Ignacio de Antioquia
Parte 2


5»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos:
San Ignacio de Antioquía
Resúmen de las Cartas


6»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
San Ignacio de Antioquía
Papa Benedicto XVI Audiencia
General 14/Feb/2007
Parte 1

7»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
San Ignacio de Antioquía
Papa Benedicto XVI Audiencia
General 14/Feb/2007
Parte 2


8»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
San Clemente de Roma


9»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
San Policarpo de Esmirna
Parte 1

10»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
San Policarpo de Esmirna
Parte 2


11»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
La Didache
Parte 1

12»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
La Didache
Parte 2

13»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
La Didache
Parte 3


14»  Los Primeros Padres o Padres Apostólicos :
La Didache
Parte 4


15» C o n t i n u a r á ...

Legado de los Padres y Doctores
de la Iglesia Católica
10 »San Policarpo de Esmirna
Parte 2


Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo.


Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: "Hágase la voluntad de Dios".

Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos.

Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia.

Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho.

Montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no "exagerase" su cristianismo:

"¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?"

Hay que notar que la palabra "Señor" implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César.

El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente:

"Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis".

Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna.

El Santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo.

A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía:

"Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre".

El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: "¡Mueran los enemigos de los dioses!"

El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó:

"¡Mueran los enemigos de Dios!"

El procónsul repitió: "Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo".

"Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador?

Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta:

Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame". El procónsul dijo:
"Convence al pueblo
".

El mártir replicó: "Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa".

En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo.

El procónsul le amenazó: "Tengo fieras salvajes".

"Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien".

El precónsul replicó: "Puesto desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo".

Policarpo le dijo: "Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras".

Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza y actitud tenía tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado.

Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: Policarpo se ha confesado cristiano.

Al oír esto, la multitud exclamó: "¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!"

Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones, aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados.

Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo.

En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres.

Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle.

Los verdugos querían atarle, pero él les dijo:

"Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil".

Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda.

Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración:

"¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia!

¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo!

¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable!

¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! ¡Amén!
"

No bien había acabado de decir la última palabra, cuando la hoguera fue encendida.

"Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello -escriben los autores de esta carta-:

Las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente
".

Los verdugos, recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apagó.

Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo.

Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, "sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie porque a El le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les arnamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro".

Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir.

"Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio dónde Dios nos concedió reunirnos, gozosarnente, para celebrar el nacimiento de este mártir".

Esto escribieron los discípulos y testigos.

Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año (1).

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