Sunday August 20,2017
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CORAZA DE AMOR

Disponía yo de sólo medio minuto para pensar en qué iba a decir. Estábamos en 1971, y yo era prisionero de guerra en Vietnam del Norte desde hacía siete largos años, desde el día que derribaron mi bombardero A4 Skyhawk de la marina: años angustiantes de torturas, comida podrida, y de dolorosa soledad, con incomunicación total frecuente.

Eramos casi 400 en la infame prisión a la que habíamos apodado "el Hilton de Hanoi".
Para combatir el tedio, mis compañeros de cautiverio habían organizado un club de oratoria. Aquel día en particular, me concedieron apenas 30 segundos para preparar un discurso de cinco minutos sobre cualquier vivencia personal.

Mi pensamiento se remontó instintivamente a mi pasado; a mi familia. Las adversidades que habíamos afrontado, forjaron mi carácter y me dieron fortaleza. Mi abuela materna se había casado a los 13 años, en México, y había llegado a los Estados Unidos como esposa de un ferrocarrilero, con quien viajó por varias poblaciones, durmiendo en los furgones o en destartaladas casuchas. Mis padres habían tenido que abandonar la escuela para ganarse la vida, cuando todavía eran niños.

De ellos aprendí la honestidad, la obstinación y la constancia, cualidades que me permitieron sobrevivir. Más importante incluso, fue que aprendí el amor puro, incondicional, entre padre e hijo, que me protegería para siempre como una coraza.
¿Cómo expresar todo eso?

¿Cómo describir a mis compañeros de prisión el inapreciable tesoro que me habían dado hacía decenios, unos padres tan pobres? De pronto, recordé un incidente de mi infancia, y supe lo que iba a decir.

Tenía yo ocho años de edad, y vivíamos por una breve temporada con mi abuela en Salinas, California. Un día, ella me llevó aparte y me recordó, en voz baja, que era el cumpleaños de mi madre. Yo quería comprarle algo hermoso, pero no tenía dinero. Sólo existía una manera de conseguirlo: recogería botellas vacías de gaseosas, y cobraría el reembolso de un centavo por cada una, en la tienda de la esquina.

Con mi cochecito rojo, me di a buscar botellas en los botes de basura del barrio. Cada vez que llenaba el carrito, tiraba de él hasta la tienda.

Al caer la tarde, supuse que tenía suficientes centavos en los bolsillos. Empujé mi carrito colina arriba, hasta la farmacia, y saqué mi puñado de monedas. Me alcanzaba para una tarjeta de cumpleaños, e incluso para algo más.

Mis ojos se fijaron en una barra de caramelo. Me quedaba el dinero suficiente para comprárselo a mamá.
Guardé el regalo en un bolsillo del pantalón, escondí la tarjeta bajo la camisa, y corrí a casa.

Ya se estaba poniendo oscuro, cuando doble la esquina de donde vivíamos; vi a mamá, que estaría preocupada y enojada.

- ¿Dónde has estado? –me preguntó enojada-. ¡Te anduve buscando por todas partes!
Me asusté, y cuando me tomó la mano para entrar en la casa, comencé a llorar.
- ¿Dónde estabas? -me volvió a gritar.

Todavía entre sollozos, apenas pude explicarle:
- Fui a juntar botellas para conseguir dinero, y comprarte un regalo de cumpleaños.

Metí la mano en la camisa y le tendí la tarjeta, aún sin firmar. Mis dedos sucios dejaron una mancha en el sitio donde tendría que haber figurado mi nombre. Luego saqué la barra de caramelo. Casi se había partido en dos en mi bolsillo.

- También te traje esto, -le dije- Su enojo se esfumó como por encanto. Me tomó en sus brazos.

Mientras me estrechaba con fuerza, y ocultaba el rostro en mi pelo, oí que sollozaba.
Aquella noche, varios vecinos nuestros fueron a visitarnos, y uno de ellos preguntó por qué había una barra de caramelo en el alféizar de la ventana.
- Mi hijo me lo dio como regalo de cumpleaños, -contestó mamá- orgullosa, y con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando terminé mi relato, los prisioneros de guerra parecían hechizados. - Caramba, Ev exclamó por fin uno de ellos, mientras se enjugaba las lágrimas. Supe entonces que muchos de nosotros (los afortunados) poseíamos el mismo tesoro secreto de una familia amorosa; la misma coraza, encerrada en algún recuerdo de la infancia. Y eso nos ayudaría a soportar la guerra, por mucho que durara.

Everett Alvarez

 
     
   


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