Monday April 24,2017
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LA MUJER

No está bien que un hijo aparte a su madre para ocupar el primer sitio. Quien no honra siempre a su madre, el ser más sagrado después de Dios, no es digno del nombre de hijo.

Escuchad, pues, lo que voy a deciros: honrad a la mujer, pues es la madre del mundo, y toda la verdad de la creación divina descansa en ella.

Ella es la base de todo cuanto existe de Bueno y Hermoso, como también el germen de la Vida y la Muerte. Toda la existencia del hombre depende de ella, pues es su apoyo espiritual y natural en sus trabajos.

Ella os trae al mundo en me­dio de dolores; con el sudor de su frente vigila vuestro creci­miento, y hasta el momento de su muerte le causáis las más vi­vidas inquietudes. Bendecidla y honradla, pues es vuestra única amiga y vuestro sostén en la tie­rra. Respetadla y defendedla; si obráis así, os ganaréis su amor y su corazón, y os haréis gratos a Dios, y por eso se os perdo­narán muchos pecados.

Amad del mismo modo a vuestras mujeres y honradlas; pues mañana serán madres y después abuelas de todo un pue­blo.

Sed condescendientes con la mujer; su amor ennoblece al hombre, suaviza su endurecido corazón, amansa a la fiera sal­vaje y hace de ella un dulce cor­dero.

La mujer y la madre -un te­soro incalculable que os ha dado Dios-, son las más hermosas ga­las de la Creación, y de ellas nacerá todo cuanto habitará en el mundo.

Al igual que el Dios de los ejércitos, al principio de los tiem­pos separó la luz de las tinieblas y la tierra firme de las aguas, la mujer posee el don divino de separar en el hombre las buenas intenciones de los malos pensa­mientos.

Y por eso os digo que vues­tros mejores pensamientos hacia Dios deben pertenecer a la mu­jer y a las esposas, porque la mujer es para vosotros el tem­plo divino donde conseguiréis más fácilmente la felicidad com­pleta.

Cread en ese templo vuestra fuerza moral; allí olvidaréis vues­tros pesares y vuestros fracasos, y allí recuperaréis las fuerzas perdidas que os serán necesarias para ayudar a vuestro prójimo. No la sometáis a ninguna hu­millación, pues precisamente con ello os humillaríais a vosotros mismos y perderíais el sentimien­to del amor, sin el cual nada per­dura.

Proteged a la mujer para que ella os proteja a vosotros y a toda vuestra familia. Todo lo que vosotros hagáis por vuestra ma­dre, vuestra esposa, por una viu­da o por otra mujer que lo ne­cesite, lo habréis hecho por vuestro Dios.

 
     
   


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