Thursday February 23,2017
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EL ANILLO

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no ten­go fuerzas para hacer nada. Me  dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bas­tante tonto. ¿Cómo puedo me­jorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

-El maestro sin mirarlo, le dijo: "Cuánto lo siento mucha­cho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio pro­blema. Quizá después..." y ha­ciendo una pausa agregó: "Si qui­sieras ayudarme tú a mí, yo po­dría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".

-Ee...encantado,-maestro-titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó: "toma el ca- ballo que está allá afuera y ca­balga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es nece­sario que obtengas por él la ma­yor suma posible, pero no acep­tes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa mo­neda lo más rápido que puedas". -El joven tomó el anillo y par­tió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercade­res. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entre­garla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofre­ció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Des­pués de ofrecer su joya a más de cien personas que se cruza­ban en el mercado, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa mone­da de oro!

Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupa­ción y recibir entonces su con­sejo y ayuda. Entró en la habi­tación. -Maestro, dijo: "lo sien­to, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera con­seguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pue­da engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo".

-Qué importante lo que dijis­te, joven amigo- contestó son­riente el maestro-. Debemos sa­ber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.

¿Quién mejor que él para sa­berlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto teda por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuel­ve aquí con mi anillo.

-El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere ven­der ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su ani­llo-. ¡58 MONEDAS!, exclamó el joven. Sí, -replicó el joyero-yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 mo­nedas pero no sé... si la venta es urgente...

-El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya, va­liosa y única. Y como tal, sólo puede revaluarte verdaderamen­te un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cual­quiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pe­queño.

Y Tú, ¿...que esperas?, ¡Pon­te en marcha, vé al Sagrario de inmediato y platica con el Di­vino

 

Mira lo bueno de la vida y no te derrotes en las adversidades

 
     
   


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